Víctimas que no caben en el discurso

El ruido y la palabra

Hay heridas que dividen al país no solo por lo que pasó, sino por lo que despiertan.

La muerte del alcalde de Uruapan abrió una vez más ese abismo entre el enojo, el miedo y la sensación de que algo se nos rompe cada día un poco más.

Dos hijos sin su padre.
Una pareja que no sabrá dónde dejar su duelo.
Una ciudad que vuelve a preguntarse dónde está la frontera entre vivir y sobrevivir.

Hasta aquí, casi todos coincidimos.

Pero en la historia de ese día hay otro cuerpo, otra familia, otro silencio del que casi no hablamos: el joven sicario abatido.

Porque ese muchacho que eligió, que fue reclutado, o que simplemente no vio otra salida también murió.

Y aunque la ley lo nombre delincuente, su muerte también deja un hueco en algún hogar pobre, en una madre que tal vez ya lo había perdido antes, en un barrio donde la violencia es paisaje y no noticia.

¿Es víctima?
¿Es victimario?
¿O es el resultado de un país que, por décadas, permitió que nacer en la casa equivocada fuera casi una sentencia?

El discurso público suele dividir el dolor en buenos y malos; la narrativa política prefiere simplificarlo. Pero la realidad es más incómoda: en México hay miles de jóvenes que no estudian, no trabajan y no encuentran un lugar digno donde poner su vida. Y cuando la vida no vale, la muerte tampoco.

Por eso programas sociales que buscan rescatar jóvenes por imperfectos, criticados o politizados que estén no deberían verse solo como gasto social, sino como prevención elemental. Porque detrás de cada joven que se pierde, hay un país que se fractura.

No se trata de justificar nada. El asesinato de un alcalde es intolerable, doloroso y profundamente injusto.
Pero si solo castigamos a quien dispara y no preguntamos quién puso el arma, quién abrió la puerta, quién dejó el vacío… volveremos a empezar la misma historia una y otra vez.

Tal vez ha llegado el momento de sostener dos verdades al mismo tiempo: Que la ley debe cumplirse con firmeza. Y que un Estado responsable debe abrazar de verdad, no en discurso a los jóvenes que nadie quiere ver.

Porque mientras sigamos viendo a esos muchachos solo como amenaza y no como síntoma, la tragedia seguirá repitiéndose.

Y cada muerte nos recordará que, en un país donde las opciones son pocas, la línea entre víctima y victimario puede ser, tristemente, la misma.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es quién mató, sino qué país estamos construyendo para que un joven termine encontrando en la violencia su única identidad.

En cada historia como esta hay dos familias destrozadas. Y un país entero que, si no atiende el dolor desde su raíz, seguirá llorando a los muertos… sin rescatar a los vivos.

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