Nos despertamos cansados. Dormimos con la alarma lista para recordarnos que seguimos debiendo algo: tiempo, dinero, atención, cariño. Vivimos en un país que se sostiene sobre ojeras y tazas de café recalentado. Aquí, el descanso parece un lujo y el silencio una rareza. Todos corren, pero nadie sabe muy bien hacia dónde.
El cansancio se volvió una forma de identidad. Está en las madres que sostienen tres turnos entre el trabajo, la casa y los hijos; en los jóvenes que coleccionan títulos, pero no oportunidades; en los hombres que se tragan su agotamiento porque “no deben quejarse”. Es un agotamiento parejo, transversal, que no distingue clases ni edades. Nos duele la cabeza, el alma y el país.
En las oficinas públicas, el cansancio se disfraza de burocracia; en los hospitales, de saturación; en las redacciones, de “cierre urgente”. A nadie le sobra tiempo, pero a muchos les falta sentido. Vivimos administrando el agotamiento como si fuera un trámite más. Y en el fondo, nos acostumbramos a sobrevivir en vez de vivir.
Aguascalientes no escapa de esa fatiga colectiva. Se habla de productividad, de competitividad, de crecimiento económico, pero pocas veces se menciona la salud mental de quienes lo hacen posible. No hay presupuesto para el descanso, ni horario para detenerse a respirar. Aquí, la rutina se mide en pendientes, no en logros.
Y aun así, seguimos. Con los ojos hinchados y el corazón en automático, seguimos. Porque detenerse nos dijeron es fracasar. Pero tal vez el verdadero acto de rebeldía sea parar un momento, apagar el teléfono y recordar que también somos cuerpo, que también merecemos pausa. Que la vida no debería doler tanto.
Quizá el verdadero fracaso no sea rendirse, sino creer que debemos poder con todo. Crecimos pensando que descansar era flojera, que detenerse era perder el paso, que pedir ayuda era debilidad. Pero el cuerpo, la mente y el alma tienen su propio lenguaje, y a veces el cansancio solo está intentando decirnos que ya basta.
Porque cuando el cansancio se parece al fracaso, lo que en realidad duele no es haber perdido, sino no habernos permitido soltar. Y tal vez el acto más valiente en estos tiempos no sea seguir, sino detenerse un momento… respirar, mirarse al espejo y decirse: no fallé, solo me cansé.