En México, la discusión pública parece depender de quién grita primero y más fuerte. El oficialismo y la oposición compiten por capitalizar el asesinato de un alcalde o el acoso del que fue víctima la presidenta para imponer la agenda de la discusión pública. En la mayoría de los casos, lo hacen bajo la idea, tan cómoda como arrogante, de que la sociedad es demasiado tonta para atender problemáticas múltiples. Se vocifera en redes con una sola bandera, se impone un tema único, como si la ciudadanía fuera incapaz de informarse, discutir y opinar sobre más de una cosa a la vez.
Esa táctica de reducir el debate a una sola preocupación a la vez no es ingenua: responde a la lucha partidista por el poder. Un oficialismo que se victimiza para evadir su responsabilidad de gobierno, y una oposición que, empecinada en llevar la contraria, no encuentra una bandera que le funcione. En ese forcejeo, los que más ganan son los gobiernos de todos los partidos, de todos los niveles, porque el ruido les permite eludir la rendición de cuentas.
Hace tiempo que el crimen organizado dejó de ser sinónimo de “narcotráfico”. Se ha diversificado, ramificado, y ocupa los huecos donde la autoridad no está… o finge estar. Esa hidra a la que las fiscalías y los despachos oficiales se refieren con eufemismos (grupo criminal, liderazgo negativo, generadores de violencia) se ha vuelto un poder cotidiano que impone cuotas hasta por respirar. Pero de esto casi nadie habla fuera del rumor o la nota incompleta. La discusión política, rehén de la politiquería más que de la partidización, prefiere distraerse… y distraernos.
Esta semana, en Aguascalientes, la normalidad fue apenas una apariencia, un operativo federal llevó a la captura de Armando Nava Gallegos, alias “El Charro”, presunto jefe regional del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), una operación del Ejército, Guardia Nacional y FGR actuó con tal hermetismo que, una vez más, al gobierno estatal sólo le quedó mirar desde la barrera. No es casualidad, es la costumbre de la desconfianza: cuando los golpes son fuertes, la información se administra en círculo cerrado. El saldo: una detención relevante, la incautación de armas, dinero y vehículos.
"El Charro" fue capturado junto con dos de sus presuntos colaboradores en la Quinta Miguel Jerónimo, una zona exclusiva ubicada en la frontera de Jesús María con la capital de Aguascalientes, el arresto se llevó a cabo tras un cateo simultáneo en dos inmuebles que eran presuntamente utilizados como casas de seguridad por el CJNG. Ahí se localizaron vehículos, armas, drogas y dinero en efectivo.
Aguascalientes exhibe otra de sus contradicciones: la “gente buena” que se puede dar el lujo de vivir en zonas de alta plusvalía no tiene inconveniente de tener de vecinos a los generadores de violencia, mientras paguen puntualmente las cuotas de administración. Escribo “vecindad”, no “complicidad”: porque en esos fraccionamientos las bardas están lo bastante altas para justificar la indiferencia.
La Fiscalía local reconoció tarde, y a cuentagotas, lo que en las mesas de seguridad era ya un secreto a voces: la presencia de “El Charro” estaba fichada. Pero fueron las autoridades federales las que armaron el expediente. No es un detalle menor. En la disputa institucional por el relato, el gobierno estatal puede presumir haber procesado a casi un centenar de personas vinculadas a esa estructura, pero las detenciones de peso, las que trastocan equilibrios, se manejan por la vía federal.
Casi al mismo tiempo, así se mueve el ecosistema criminal, estalló la violencia en el penal varonil local. Primero una riña, luego otra más severa, seguidas de la operación mediática: protocolos activados, personal evacuado, recuento de heridos. Ninguna explicación de fondo. Las especulaciones llenaron el vacío informativo, alimentadas por las movilizaciones de las autoridades y el hermetismo habitual.
A media semana, la gobernadora Teresa Jiménez posó para las cámaras visitando el reclusorio y garantizó el respeto a los derechos humanos, mientras la normalidad carcelaria se recomponía a la vista de todos. Apenas unos días antes, la violencia era la noticia que urgía tapar. ¿Toda la responsabilidad recae en ella? No, por supuesto que no. Fiscalía y gobierno estatal cumplen con el ritual burocrático de emitir boletines y organizar conferencias. Saben que cuentan con comunicadores dóciles que elevarán cualquier gesto al rango de hazaña.
La narrativa local queda reducida a la estadística acumulada y la retórica de la “vigilancia constante”.
Días después, otro golpe: la captura de Alberto “N”, alias “El Apá”, también conocido como “El 10” o “El Viejito”, presunto segundo al mando del CJNG en la región. El operativo, anunciado con bombo y platillo por los gobiernos de Jalisco y Aguascalientes, presentó la misma fórmula: fotos, declaraciones triunfales, ninguna explicación profunda.
“El Apá”, dicen, era la mano derecha de “El Charro”, el jefe de plaza, el encargado de repartir el pastel local. Una pieza clave en la exportación de la violencia cotidiana: distribución de droga, extorsiones a comerciantes, incluidos los obligados a vender vapeadores, homicidios y secuestros recientes.
Su caída, lejos de traer sosiego, confirma que las estructuras están vivas. La reacción, si llega, no será contada por la autoridad, salvo para administrar los temores del día siguiente. En esa cadena de hechos —detenciones, riñas, boletines, silencios— se repite la lógica nacional: ocultar, dosificar, administrar la información. Rehuir un discurso integral que asuma la magnitud del problema.
La verdadera noticia no son los nombres propios, sino el vacío: el hueco de colaboración entre niveles de gobierno, la escasez de información pública a tiempo, la habilidad de los grupos criminales para mutar y asegurarse de que, cuando los nombran en los boletines, ya hayan dejado la silla caliente para otro.
En uno de los narcocorridos que se mandó a hacer “El Charro”, que canta Chuy Villanueva (https://youtu.be/-MQQFxp5oHA?si=MnUZHcBl6FQlRvT7), se presume: “En la Feria que es de San Marcos/ Aguascalientes yo traigo el mando/ Y para ustedes el señor Charro/ con los 50 bien empotrados/ Las blindadas andan patrullando/ 300 locos que traigo al mando/ Puro soldado bien artillado/ En el infierno los preparamos/ Yo por mi gente, siempre pendiente”... Por supuesto, es obvia la exageración, a pesar de ella, se pueden distinguir elementos sobre de los cuales debería la autoridad informar, las armás de alto calibre que no fueron requisadas, los patrullajes que no fueron advertidos, el entrenamiento de muchos locos (¿en qué campo de exterminio?, ups, perdón, de adiestramiento) y los cientos que forman parte de la organización.
Finales de comunicado de prensa: Operativo federal captura a líder regional de un cártel en Aguascalientes, magia que finiquita un reino de terror ; operativo estatal conjunto captura al segundo al mando del mayor generador de violencia, magia que descabeza a quien opera a los cientos de locos; la gobernadora visita un penal, magia que, gracias a los corifeos, finaliza con la extorsión en las prisiones de la entidad. Magia.
¿Y los cientos de locos entrenados, los patrullajes, las armas de alto calibre, la organización capaz de secuestrar a familiares del presidente de Villa Hidalgo o asesinar al dueño de una bodega en el Centro Agropecuario, los encargados del cobro de piso, la distribución de drogas y distribución de mercadería pirata en exclusiva? Ah, no teman, a esos se les combate con discursos desde la secretaría del Ayuntamiento, indicando que el municipio se encargará de castigar a Julión Álvarez por haberse atrevido a cantar narcocorridos, cuando la atención real está en posar para la foto en una revista de socialité y que todo acabe en una finta más para, como la miel, atraer a los comunicadores que acercan, en cuatro, el micrófono a lo suspirantes, porque de rodillas es más visible el número de cuenta.
Coda. Los locos no aparecen en los boletines ni en las ruedas de prensa; se sienten en las calles, en los comercios, en los silencios. A cambio, nos ofrecen un castigo ejemplar: censurar canciones, posar para la foto, fingir control. El país se sostiene sobre el espejismo de la eficacia: boletines que fabrican orden, fotografías que maquillan el miedo y gobiernos que confunden la omisión con cultura de la paz. Todo sigue igual, pero mejor narrado para una audiencia distraída.
@aldan