Ya no se trata de salvar el planeta, sino de salvarnos mejor: la herejía climática de Bill Gates

Clave 360°

A finales de octubre de 2025, Bill Gates publicó su ensayo titulado “Three Tough Truths About Climate” en su plataforma personal (gatesnotes.com). Con él, no sólo matiza su discurso anterior: propone un replanteamiento profundo de la estrategia global frente al cambio climático. Hasta ese momento, el tono dominante en el debate había sido eminentemente apocalíptico: “si el planeta sube 2 °C o más, la continuidad de la civilización tal como la conocemos está en peligro”. Gates afirma ahora que ese modelo requiere una transformación urgente.

Este nuevo posicionamiento no implica restar importancia al calentamiento global; al contrario, lo reconoce como grave y real. Pero lo que cambia es el enfoque: de “¿cómo bajamos emisiones ya?” pasa a “¿cómo mejoramos vidas ahora y ponemos la innovación en el centro para cambiar el futuro?”. Es un giro que ha desatado aplausos, incredulidad y también fuertes críticas.

Tres verdades duras, según Gates:

1. La temperatura global probablemente aumentará entre 2 °C y 3 °C hacia 2100 si actuamos sólo moderadamente.

2. La demanda energética mundial podría duplicarse hacia 2050, en buena parte porque el crecimiento económico sigue ligado al aumento del consumo de energía.

3. La métrica que debe contar más que únicamente las “toneladas de CO? evitadas” o los grados de calentamiento es la de “mejorar vidas humanas” —porque al fin y al cabo, esa mejora es el verdadero término de cambio.

Este marco sitúa la lucha contra el cambio climático en un contexto más amplio de desarrollo humano, equidad global y capacidad de adaptación.

Tecnología, IA y la caída del “green premium”

Gates sostiene que el cambio primordial comienza con la innovación tecnológica y no únicamente con la regulación tradicional. Por ejemplo, en los últimos diez años, las proyecciones de emisiones para 2040 cayeron de aproximadamente 50 000 millones de toneladas de CO? al año a cerca de 30 000 millones, gracias al despliegue de energía solar, eólica, baterías y otros avances.

En este contexto, aparece el concepto clave del “green premium”: la diferencia de coste entre una tecnología limpia y su equivalente contaminante. Cuando ese “premium” desaparece o se vuelve negativo, la transición se convierte en una decisión económica además de ambiental. Gates estima que gracias a la IA (inteligencia artificial) y mejoras en eficiencia esta caída se está acelerando.

Aunque los centros de datos y la IA conllevan un aumento del consumo energético, Gates argumenta que los beneficios en eficiencia compensan con creces ese incremento. Por ejemplo, en 2024 estimó que la IA podría generar una reducción superior al 6 % del consumo global de electricidad, después de considerar la ampliación de la infraestructura de IA.

Datos que iluminan el escenario

- Las emisiones mundiales de dióxido de carbono ligadas a la energía fueron estimadas en 37.4 gigatoneladas en 2024, con un aumento del 0.8 % respecto al año anterior.
- La concentración de CO? en la atmósfera aumentó aproximadamente en 3.5 partes por millón entre 2023 y 2024, alcanzando niveles no vistos en más de 2 millones de años.
- Gates cita que programas de salud global como Gavi, the Vaccine Alliance —centrados en inmunización infantil— pueden salvar una vida por algo más de 1000 dólares invertidos.

Estos datos refuerzan la propuesta de Gates de que la acción climática debe acompañarse de políticas de salud, desarrollo y equidad.

Críticas y controversias

El giro de Gates no ha pasado desapercibido. Científicos y activistas han expresado inquietud sobre su mensaje: que priorizar “vidas humanas” podría interpretarse como reducir la urgencia de recortar emisiones; que la innovación sola —sin políticas sólidas— no es suficiente; que los riesgos de los puntos de inflexión climática, con efectos catastróficos, no pueden ser ignorados.

La prensa internacional interpretó el memo de Gates incluso como un descenso de tono o una seña de retirada del alarmismo climático. Gates, por su parte, declaró que su ensayo no era una renuncia al problema climático, sino más bien una argumentación por un enfoque distinto.

¿Qué implica este cambio de rumbo?

- Políticas que impulsen innovación disruptiva. Gates identifica cinco sectores responsables de casi todas las emisiones: Electricidad (28 %), Fabricación industrial (≈ 31 %), Agricultura, ganadería y uso del suelo (≈ 19 %),Transporte (16 %),Calefacción y refrigeración de edificios (≈ 6 %).

- Adaptación integrada al desarrollo. No basta con mitigar emisiones: los países más vulnerables necesitan infraestructura resiliente, salud pública fortalecida y agricultura más productiva con menos emisiones.

- Medición de impacto humano. No sólo cuántas toneladas se evitan, sino cuántas vidas se mejoran o se salvan.

- Cambio discursivo público. El paso del discurso “salvar el planeta” al discurso “mejorar vidas hoy” podría conectar mejor con audiencias amplias, pero también corre el riesgo de subestimar la urgencia de los efectos climáticos en el corto plazo.

La nueva propuesta de Bill Gates pone las cartas sobre la mesa: la crisis climática es real, profunda y peligrosa, pero —sostiene— no necesariamente terminal para la humanidad. Lo que importa ahora es cómo movilizamos innovación, inversión y voluntad hacia resultados que transformen vidas, al mismo tiempo que mantenemos la transición energética global.

Este replanteamiento no debilita el objetivo de alcanzar un clima más estable; lo acompaña con una visión más amplia: la humanidad no sólo sobrevivirá, sino que puede prosperar. Desde esta óptica, la pregunta pasa de “¿qué temperatura alcanzaremos?” a “¿qué tipo de mundo construiremos mientras el clima cambia?”.

Queda por ver si el mundo de la política medioambiental, la ciencia del clima y el sector financiero adoptan este enfoque sin que pierdan de vista los riesgos explosivos de la crisis climática. Pero lo cierto es que el debate ya cambió. Gates ya hizo su apuesta: la innovación es la palanca, la vida humana es la medida, y el alarmismo extremo pierde terreno frente a la acción pragmática.

En ese nuevo escenario, la pregunta para todos —gobiernos, empresas, ciudadanos— no es solo “¿cómo evitamos dos grados más?” sino también “¿cómo aseguramos que nadie quede atrás mientras el planeta cambia?” Y esa, finalmente, puede que sea la conversación que marque la diferencia.

 

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