Gobernar con resultados, no con sustos

¿Lo dije o lo pensé?

La escena es incómoda y el mensaje, ambiguo: una persona se acerca y toca de manera inapropiada a la presidenta. En un país marcado por la violencia, el gesto no solo vulnera a quien encabeza el Poder Ejecutivo federal, la jefa de nuestras fuerzas armadas; también exhibe la fragilidad de los rituales democráticos que prometen cercanía con la ciudadanía sin renunciar a la seguridad. Lo primero es evidente: cualquier invasión al espacio corporal es inadmisible, más aún cuando se trata de la primera mandataria. El Estado no puede normalizar que el contacto no consentido sea el costo de “ser cercana”. Ya hemos visto, además, cómo brechas en los perímetros de protección han derivado en tragedias contra autoridades locales (recientemente el alcalde de Uruapan, Michoacán).   Pero en política las imágenes tienen vida propia. Lo que ocurre ante cámaras no solo informa: encuadra, orienta y reordena prioridades. Por eso, junto a la condena, corresponde preguntar por el dispositivo que vuelve la escena noticia: ¿falló el protocolo o se forzó la situación para escenificar un relato? La primera hipótesis habla de un Estado que tolera grietas en sus perímetros más sensibles; la segunda, de una comunicación que capitaliza el sobresalto para desviar la conversación pública de lo que incomoda: homicidios, crisis de seguridad, bloqueos carreteros, decisiones cuestionables en política económica, tensiones diplomáticas y un largo etcétera.   No se trata de alimentar conspiraciones, sino de exigir método. Si hubo falla, toca establecer medidas contundentes para evitar que vuelva a suceder. Si hubo montaje, el problema es mayor: convertir la vulnerabilidad de la presidenta en utilería erosiona la credibilidad institucional y trivializa las agresiones cotidianas que miles de mujeres padecen fuera de reflectores.   En ambos escenarios, el dilema es el mismo: ¿una presidencia rodeada de vallas simbólicas o una cercanía administrada con inteligencia? La seguridad democrática no es blindaje absoluto; es prevención proporcional, protocolos claros y comunicación que informa sin manipular. El poder que se muestra accesible no puede ser un poder desprotegido, ni un poder que explota la cercanía como espectáculo o politiquería.   La ciudadanía, por su parte, debe resistir la trampa del “tema único”. Cuando una imagen ocupa todo el aire, lo urgente es mirar los tableros: presupuesto de egresos, deuda pública, indicadores de seguridad, desempeño educativo, rezagos del sistema de salud, por mencionar algunos. Un país que permite que una toma de cinco segundos eclipse la agenda pública se vuelve gobernable por sobresaltos.   La salida es adulta: condena a la invasión, transparencia sobre lo ocurrido y una agenda que regrese (sin trucos) a lo sustantivo. Que el próximo plano abierto no sea el del escándalo del día, sino el de resultados medibles. Al final, la república se fortalece menos con dramatismo y consigna, y más con resultados y cuentas claras.  
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