El ruido y la palabra
Cada vez que un hecho violento sacude al país como el reciente asesinato del alcalde de Uruapanescuchamos, casi como un mantra automático, la frase: “hay que atender las causas.
Pero ¿y si atender las causas fuera mucho más exigente… y mucho menos cómodo de lo que se nos dice?
¿Y si atender las causas implicara aplicar la ley al mismo tiempo que atendemos la pobreza?
En México hemos caído en una falsa dicotomía: o justicia social o fuerza del Estado. Como si la legalidad fuera enemiga de la compasión.
Pero un país donde la ley no se cumple es un país donde el crimen se vuelve rentable. Y donde el crimen es rentable, la vida humana pierde valor.
No necesitamos elegir: necesitamos ambas.
Justicia legal y justicia social.
Orden y oportunidad.
Estado de derecho y Estado de futuro.
¿Y si atender las causas de la violencia no fuera romantizar la pobreza, sino ofrecer una alternativa real a los jóvenes que hoy ven más futuro siendo halcones que estudiantes?
Porque cuando la educación fracasa, el crimen recluta.
Cuando el campo laboral es estrecho, la violencia se ensancha.
El narco no seduce: suplanta al Estado donde el Estado ya no llega.
¿Y si atender las causas exigiera una educación digna de este siglo, y no de los manuales ideológicos del pasado?
No necesitamos libros de texto cargados de nostalgia política:
necesitamos pensamiento crítico, ciencias, artes vivas, lógica, programación, inglés obligatorio, alfabetización digital y el uso ético y creativo de la inteligencia artificial desde la secundaria.
¿Y si atender las causas fuera, en serio, apostar por la inteligencia del país?
Por ciudadanos que sepan cuestionar, argumentar, discernir, crear.
Por niñas y niños que puedan mirar al mundo sin miedo.
Por jóvenes que no tengan que elegir entre sobrevivir o estudiar.
No podemos seguir confundiendo causas con coartadas.
Ni políticas públicas con discursos conmemorativos.
Ni esperanza con resignación.
Sí, México necesita atender sus causas profundas.
Pero las causas reales: la impunidad, la corrupción, la desigualdad, la educación rota, la falta de oportunidades, atención al campo.
La ausencia de un proyecto de país que no dependa del crimen organizado para sostener territorios enteros.
Pensar en las causas no es un ejercicio filosófico: es un acto de responsabilidad pública.
Porque si solo nombramos las causas, pero hacemos poco, el país seguirá sangrando.
Pero si las enfrentamos con valentía con ley, con educación del siglo XXI, con oportunidades reales, con pensamiento críticoquizá podamos dejar de parchar heridas y empezar a evitar que se abran.
Este es el verdadero desafío:
Atender las causas no debe ser un lema.
Debe ser un camino.
Y ese camino empieza hoy… o no empieza nunca.
Sin regateos, corresponde reconocer el liderazgo y el aplomo de la presidenta en la reconfiguración de la seguridad, en el acompañamiento a los damnificados, la defensa de nuestra soberanía y en el despegue ferroviario, entre otros avances. Pero a ello habría que sumar una convocatoria amplia a la unidad nacional. Usted, presidenta, puede lograrlomirar juntos, no polarizados.
México necesita una renovación moral, una sociedad que se reencuentre consigo misma, unida y con esperanza renovada. Porque está probado que, de abajo hacia arriba, por ahora no está funcionando. Y la nación no puede esperar a que nuestra esperanza quede secuestrada por algún cínico que, en tiempos de desesperación, pretenda erigirse como opción.