De la prosa de Nueva York a la gritería de nuestros legisladores

Desde el Segundo Piso

A veces los espejos más lejanos son los que mejor nos muestran la cara. Ayer, en Nueva York, un joven de 34 años llamado Zohran Mamdani derrotó al mismísimo Andrew Cuomo y se convirtió en el nuevo alcalde de la ciudad más compleja del planeta. En su discurso citó una frase que en México deberíamos grabar en mármol en San Lázaro“Se hace campaña con poesía, pero se gobierna con prosa.”

De la poesía neoyorquina a la gritería mexa

Mamdani no es un improvisado. Hijo de migrantes, activista, formado en la calle, con un discurso que mezcla humanismo y técnica, habló de vivienda asequible, transporte gratuito y dignidad laboral. Propuso cosas, no enemigos.

En cambio, en México los “debates” legislativos se parecen cada vez más a un “ventaneando” donde se grita más de lo que se piensa y se insulta más de lo que se argumenta. Los insultos sustituyen a las ideas. Legisladores que confunden la tribuna con un ring. Así, cada sesión legislativa se vuelve un espectáculo grotesco de incultura y soberbia. Y el problema no es solo estético, es estructural, cuando quienes deben escribir las leyes no pueden hilar una idea sin insultar, el país se queda sin rumbo.

La decadencia del oficio público

México padece una enfermedad silenciosa, la falta de oficio.Funcionarios sin formación, legisladores sin lectura, jueces sin argumentación. La política mexicana premia la lealtad ciega y celebra el berrinche. Lo peor es que ya no escandaliza. Nos acostumbramos al ruido, convertimos la ignorancia en bandera y repetimos ese mantra suicida “todos son iguales”.

No, no lo son. Pero los peores hacen más ruido.Mientras se gritan insultos, se pierden las discusiones sobre educación, innovación, justicia o ciencia. Nada de eso da likes ni trending topics. Y sin embargo, eso es exactamente lo que debería hacerse desde el poder, pensar, debatir, decidir.

Que nos enseña Nueva York

El triunfo de Mamdani, primer alcalde musulmán de Nueva York, recuerda que la política puede tener contenido. Ganó no por faramalla, sino por coherencia entre discurso y propósito. Mientras aquí abundan los que prometen “transformaciones” sin definir una sola política pública, allá ganó alguien que habló con claridad de impuestos, transporte y vivienda.

Su frase lo resume todo, se gobierna con prosa. La política no es un poema para el aplauso, es un texto que se escribe todos los días con datos, trabajo y responsabilidad.
Si en México se hiciera política con esa noción de prosa en orden, sentido, oficio, dejaríamos de confundir liderazgo con gritería y poder con micrófono.

Legisladores sin argumentos

Basta mirar el Congreso, comparecencias donde se insultan, sesiones donde se empujan, discursos que parecen escritos en servilletas a las tres de la mañana.

El Legislativo, que debería ser la fábrica del pensamiento institucional, se volvió la “casa de los famosos”. Hay excepciones, sí, pero se ahogan en el ruido.

Ahí están ejemplos como la senadora que ha hecho de la ofensa su única ideología, o aquella que confunde la voz alta con la voz firme, ambas parapetadas tras el discurso de género para justificar la falta de ideas. Convertir la lucha legítima de las mujeres en escudo para la ignorancia es otra forma de violencia política, la del desprecio a la inteligencia.

Cada berrinche en tribuna es una piedra más en el muro de la desconfianza ciudadana. Y cuando los votantes dejan de creer en la política, ganan los extremos de los oportunistas, los que venden odio en envase de consigna.

Paradojas y lecciones

Mientras en Nueva York gana un joven con ideas y sensibilidad, aquí seguimos celebrando al político que grita más fuerte.

Mamdani no transformará mágicamente Nueva York, pero su victoria marca una tendencia, los electores empiezan a premiar la inteligencia, la coherencia y la empatía.

México, en cambio, parece correr hacia el extremo opuesto, el de la vulgaridad como autenticidad, la polarización como método y el vacío como discurso.

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