Bajo presión
Esta semana, el asesinato de Carlos Alberto Manzo Rodríguez, presidente municipal de Uruapan, nos vuelve a colocar en ese terreno difícil donde la violencia no solo destruye cuerpos, sino también certezas y esperanza. Como sociedad, hemos aprendido a convivir con la sacudida rutinaria de la tragedia: una noticia que nos une en la consternación, solo para ser rápidamente absorbida por la inercia del día a día. Nos enfrentamos, nos dispersamos o nos hundimos en el lodazal de la discusión pública.
Uno quisiera que la muerte, tan dolorosa y tan inadmisible, sirviera para algo más: para despertar la empatía, para poner límites a la barbarie y exigir a quienes tienen el poder que asuman su responsabilidad. Sin embargo, casi siempre, esa pérdida se convierte en moneda de cambio, en una forma de alimentar la narrativa política que, en su incesante lucha por el poder, solo conoce la gastada estrategia de convertir el dolor en más votos y en más polarización.
En la farsa en que han convertido la política mexicana, la tragedia de Carlos Manzo ha sido rápidamente instrumentalizada. La oposición intenta por todos los medios cosechar la indignación, como si esa emoción pudiera construir alternativas reales; mientras que el oficialismo responde replicando gestos, frases y culpas de su líder moral.
La presidenta Claudia Sheinbaum, en su discurso, imita los gestos y las pausas de Andrés Manuel López Obrador, repartiendo responsabilidades y culpables, como si gobernar consistiera en pelear por la audiencia en redes sociales, en minimizar la dimensión del sufrimiento, en el enardecido espectáculo de la polarización.
Eso es todo lo que puede ofrecer la clase política del país: privilegiar la disputa por la narrativa y la reivindicación de un rótulo o de un enemigo, en lugar de abordar las causas profundas del crimen organizado y la violencia. Es evidente la renuncia, de ambos extremos, a un verdadero compromiso con la seguridad y la justicia.
Los partidos de oposición buscan en ese dolor una causa que puedan representar electoralmente. La indignación se convierte en un recurso más, como si la tragedia fuera simplemente un puñado de votos en potencia, olvidando que el sufrimiento y la pérdida tienen una dimensión ética que va más allá de las conveniencias partidistas. La instrumentalización del dolor, esa carroña política, es compartida por ambos lados en un juego frívolo de apariencias y de respuestas vacías.
A la clase política carroñera, que busca incidir en la percepción pública a través de las redes sociales, no le interesa el destino del Movimiento de El Sombrero, ni quién gobierne Uruapan, mucho menos la procuración de justicia o la resolución del asesinato de Carlos Manzo. Están ocupados en adueñarse del dolor, de manera patética: desde la senadora Lily Téllez, que calificó de idiota e imbécil a Gerardo Fernández Noroña para exigirle que llore por el alcalde asesinado, hasta la mediocre actuación del vocero de Morena, Arturo Ávila, quien en múltiples espacios responsabilizaba a Felipe Calderón y, con hipócrita soltura, llamó “compañero” a Carlos Manzo.
Lo que la clase política partidista no alcanza a ver es el asco que provoca su comunicación carroñera. Porque, en medio de esas actitudes miserables, hay una salida digna: una que pasa por la sociedad civil, esa fuerza que no está en los trending topics ni en los discursos oficiales, sino en las acciones cotidianas, en la capacidad de transformar realidades pequeñas, de unir voces y defender derechos. La participación, la solidaridad y el compromiso colectivo son los únicos verdaderos antídotos frente a la descomposición política y moral que nos rodea.
Basta ya de intentar construir al héroe que vendrá a salvarnos. En los silencios que dejan los asesinatos, en las palabras que parecen vacías, la política se vuelve eco de sí misma, y los discursos suenan huecos. Lo que puede redimirnos —más que salvarnos— no es la épica ni las consignas, sino la persistencia de los ciudadanos que, sin aspavientos ni protagonismos, siguen creyendo en el bien común.
Este dolor, esta pérdida, deben ser un llamado urgente a la reflexión y a la acción. La violencia y el miedo no son solo cuestiones de seguridad: son desafíos éticos y sociales que exigen una respuesta que vaya más allá de la guerra de narrativas. La respuesta verdadera brota desde la sociedad civil, desde esa obstinación del tejido social que, aun en medio de la crisis, sigue creyendo que otra realidad es posible.
No hay héroes salvadores, ni políticos que puedan redimirnos con discursos o promesas vacías. Solo el ejercicio de la ciudadanía, la tenacidad callada y persistente de quienes defienden el interés común, mantienen viva la esperanza en este país. La esperanza no la entregan los liderazgos ni los mártires, sino la resistencia cotidiana de aquellos que, sin necesidad de escándalos ni reflectores, duermen y luchan con la misma certeza: que otro México es posible si se confía el futuro a la dignidad de la ciudadanía.
Grecia Quiroz, viuda de Carlos Manzo, asumirá como presidenta municipal suplente de Uruapan. Hasta ahí quedará la indignación del tigre que el alcalde asesinado mencionaba en sus discursos. Con la presentación que hizo Claudia Sheinbaum Pardo del Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, se desviará la atención de la responsabilidad del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla. Ahí muere.
Coda. Ahí muere, como casi todo en este país. Pero el país no. El país sigue, porque todavía hay quien siente, lejos de los trending topics.
@aldan