Bajo presión
Carlos Alberto Manzo Rodríguez, presidente municipal de Uruapan, fue asesinado el sábado, durante la celebración del Día de Muertos. Un comando lo atacó en pleno evento. Según la versión oficial, “dos personas involucradas en el ataque fueron capturadas por las autoridades locales; uno de ellos fue abatido”.
La presidenta Claudia Sheinbaum lamentó el asesinato de Manzo, un hombre que durante meses pidió ayuda al gobierno federal para contener la violencia en Tierra Caliente, Michoacán, y que sostenía que al crimen organizado debía enfrentársele, no abrazársele.
Lo mataron pese a contar con la protección de catorce elementos de la policía municipal y la Guardia Nacional. El secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, aseguró que entre mayo y septiembre se enviaron 450 soldados a Michoacán y 100 a Uruapan. Nada de eso impidió que, meses después de advertir que no quería “ser un presidente municipal en la lista de ejecutados”, Carlos Manzo fuera ejecutado.
El crimen desató una guerra de mierda digital, la misma de siempre. Esta es la comunicación carroñera en acción: convertir una tragedia en un trending topic de mártires o villanos para dominar el relato, en lugar de buscar justicia. En cuestión de horas, la oposición lo convirtió en mártir: un hombre valiente que desafió al narco sin respaldo del poder central. Desde el oficialismo, ejércitos de cuentas replicaron otra versión: insinuaron vínculos del alcalde con grupos criminales, mancharon su imagen para borrar al héroe. De símbolo a sospechoso.
No importan la verdad ni la justicia, sólo quién domina el relato. La oposición explota la indignación con la consigna “están matando a los nuestros”; el gobierno responde con silencios selectivos y ataques digitales. Mientras tanto, la presidenta presenta su libro y el país digiere otro asesinato político.
Siete alcaldes han sido ejecutados durante el gobierno de Alfredo Ramírez Bedolla, dos de ellos mujeres. La cuestión no es quién capitaliza el dolor, sino cómo puede morir un alcalde bajo protección oficial sin que se active un solo protocolo eficaz. Es miserable usar un crimen para alimentar la guerra de narrativas. La justicia no se mide en likes, sino en respuestas: ¿quién falló? ¿por qué quedaron huérfanos los hijos de Carlos Manzo, cuando catorce escoltas lo cuidaban?
La comunicación carroñera se ha vuelto la forma más eficaz de gobernar y de oponerse: se simula duelo mientras se miden tendencias, se distribuye indignación como si fuera consigna y se disputa la narrativa con la misma ferocidad con que el crimen disputa los territorios. La tragedia deja de doler cuando se vuelve útil.
En este país ya no se busca justicia, sino audiencia. Los muertos se vuelven contenido, las lágrimas se administran por algoritmo y los silencios oficiales se confunden con estrategia. Mientras el gobierno pierde el control de regiones enteras, el debate se enreda en pantallas que fingen empatía. Y así, entre comunicadores de ocasión y políticos de redes, la violencia sigue intacta, en espera del siguiente muerto que permita generar un trending topic y así desviar la atención de lo que realmente importa.
Coda. Al país no le faltan héroes, le sobran bots, en México la indignación dura lo que una tendencia. La impunidad, en cambio, no necesita wifi.
@aldan