Opinión
Sócrates, el hombre que enseñó a pensar a Occidente, no creía en la democracia.
Y no porque despreciara la libertad, sino porque temía lo que ocurre cuando el pueblo se vuelve multitud sin pensamiento.
El sabio de Atenas que nunca escribió una sola palabra, pero sembró todasveía con espanto cómo su ciudad confundía la opinión con la verdad, el aplauso con la razón y la emoción con la justicia.
En el ágora, el ruido de los discursos se había vuelto más fuerte que el silencio del alma.
Los sofistas enseñaban a ganar debates, no a buscar la verdad.
Los ciudadanos, fascinados por las palabras bellas y vacías, elegían con entusiasmo a quienes sabían prometer, no a quienes sabían gobernar.
Y fue así, entre aplausos, como Atenas condenó a su más sabio habitante a beber la cicuta.
La historia no se repite: se disfraza.
Hoy los sofistas visten de influencers, de noticieros y de partidos.
La democracia esa palabra que tanto nos enorgullecese vuelve una caricatura cuando la masa carece de educación, cuando el voto no está iluminado por la conciencia sino por el miedo o la conveniencia.
Un pueblo que no piensa es fácilmente manipulado; un pueblo sin cultura es pasto fértil para el demagogo.
Sócrates no odiaba al pueblo. Lo amaba demasiado como para mentirle.
Sabía que la libertad sin conocimiento se convierte en tiranía del número, en dictadura del ruido.
Por eso su enseñanza sigue viva: no basta con tener voz, hay que tener criterio.
No basta con elegir, hay que comprender.
La democracia sin cultura es una bomba de tiempo: estalla en la ignorancia colectiva, en la manipulación emocional y en el desprecio por la verdad.
La única manera de honrar el sueño socrático ese donde cada persona se atreve a pensar por sí mismaes devolver a la educación su carácter sagrado.
Educar no es llenar cabezas, es encender almas.
Quizás ahí, en ese fuego, aún podamos rescatar la promesa de Atenas:
Una ciudad donde pensar sea un acto de amor y gobernar, una forma de sabiduría.