El ruido y la palabra: sobrevivir al exceso de opinión

Vivimos inmersos en una época donde todos hablan, pero pocos escuchan. Las redes sociales se han convertido en una gran plaza pública donde el ruido sustituye al diálogo, y la rapidez se confunde con la verdad. La opinión se ha vuelto una moneda inflacionaria: circula sin valor, sin fundamento, sin pausa. Todos dicen, pocos piensan; todos reaccionan, casi nadie reflexiona.

El filósofo italiano Umberto Eco advirtió alguna vez que las redes sociales habían dado voz a una legión de idiotas. No lo decía con desprecio, sino con preocupación.

La democratización de la palabra maravillosa en su origen se transformó en un ruido ensordecedor donde la sensatez se diluye. La conversación pública se ha vuelto una guerra de ecos: nadie busca comprender, todos buscan ganar.

En este escenario, la palabra se desgasta. Ya no comunica: compite. Se usa para humillar, para dividir, para exhibir. Hemos olvidado que la palabra era antes un puente y no un arma. La cultura del grito reemplazó al pensamiento, y la ofensa sustituyó al argumento. Así, la inteligencia calla, y el ruido ocupa su lugar.

Pero aún hay esperanza. Entre el bullicio, hay quienes eligen escuchar. Hay quienes prefieren el silencio fecundo a la verborrea vacía. En ellos vive la promesa de una nueva alfabetización: la del alma. Escuchar es un acto de amor, y hablar con sentido es un acto de responsabilidad.

Necesitamos rescatar la palabra habitada: aquella que nace de la experiencia, del conocimiento y del corazón. Una palabra que no destruye, sino que une; que no pretende tener la razón, sino buscarla junto al otro.

El ruido es síntoma de miedo. La palabra es señal de conciencia. Solo quien se atreve a callar puede volver a escuchar lo esencial: el pulso del pensamiento, el ritmo del alma, la respiración del mundo.

Quizá nuestra tarea como ciudadanos, como maestros, como terapeutas, como seres humanossea aprender nuevamente a conversar. No para convencer, sino para comprender. No para imponernos, sino para encontrarnos.

Porque en medio del ruido ensordecedor del siglo XXI, la palabra serena es un acto de rebeldía.

Y en tiempos donde todos hablan, pensar en voz baja se ha vuelto un gesto revolucionario.

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