Los que nos esperan en el río

Periplo canicular

Dicen que el alma no camina sola hacia el otro lado. Que un perro nos espera a la orilla del río, el Apanohuacalhuia, para ayudarnos a cruzar hacia el Mictlán. Que los antiguos sabían que el camino después de la muerte era largo, oscuro, y que sin la guía de un perro fiel, el espíritu se perdería entre las sombras. Por eso los enterraban junto a un xoloitzcuintle, no como ofrenda, como su compañero.

Hoy, 27 de octubre, según la tradición, regresan los espíritus de nuestros peludos. Los guardianes que partieron antes que nosotros. Aquellos que alguna vez durmieron a los pies de la cama, que entendían nuestro silencio mejor que nadie, que se marcharon sin aprender a despedirse. Vuelven, dicen, para recordarnos que el amor verdadero no conoce la muerte.

De ellos aprendimos una forma de lealtad que los humanos olvidamos. El amor sin condiciones ni interés. Un perro no ama porque seas exitoso, ni porque tengas dinero, ni porque lo alimentes. Ama porque estás ahí. Su fidelidad no se negocia ni se explica; simplemente existe. Y tal vez por eso, perderlos duele de una manera distinta, pues nos devuelven una pureza que el mundo moderno ha desgastado.

En cambio, nuestra especie se ha vuelto cruel con la suya. Vivimos rodeados de historias que avergüenzan. Perros quemados, golpeados, abandonados; gatos torturados por “diversión” y videos que hacen un espectáculo de la crueldad. En Aguascalientes, en México, en cualquier parte, el maltrato animal sigue derramando lagrimas y sangre. Nos creemos dueños de todo, pero ni siquiera sabemos cuidar lo que nos ama.

A veces pienso que el juicio final no será frente a los dioses, sino frente a ellos. Los animales que acompañamos o ignoramos. Que el alma será pesada no por sus pecados, sino por la forma en que trató a quienes no podían defenderse. Y que quizá los únicos que intercedan por nosotros sean esos perros que aún nos esperan a la orilla del río, con la mirada limpia, sin rencor.

Hoy, mientras ponemos su foto sobre el altar o encendemos una vela en su memoria, conviene recordar que el amor hacia ellos no se expresa en lágrimas, sino en actos. En cuidar, en respetar, en entender que compartir el mundo con otros seres vivos es un privilegio, no un derecho.

Porque el alma, dicen, no camina sola hacia el otro lado.
Allá nos esperará un perro.
Y ojalá, cuando llegue el momento, aún quiera cruzar el río con nosotros.

 

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