Clave 360°
Durante más de dos décadas, México contó con una de las condiciones demográficas más prometedoras de su historia: una proporción reducida de dependientes —niños y adultos mayores— respecto a la población en edad productiva. Para 2024, la razón de dependencia total en el país se ubicó alrededor del 48.7?%, por debajo del promedio mundial que ronda el 58?%. Esta “ventana” demográfica, conocida como bono demográfico o dividendo poblacional, implicaba una oportunidad real de crecimiento: más personas en edad de trabajar y menos personas que dependían económicamente de ellas. Pero esa ventaja no se tradujo en desarrollo pleno; al contrario, en muchos sentidos México está en riesgo de perderla y de que esa oportunidad se convierta en un fracaso nacional.
La promesa del bono demográfico
El bono demográfico aparece cuando el crecimiento de la población en edad de trabajar supera al de los dependientes, lo que reduce la carga por trabajador y abre espacio para el ahorro, la inversión y la expansión productiva. En el caso de México, entre los años 2000 y 2020, la estructura poblacional señaló que la mayor parte de la población estaba en edad de producción, mientras que la población dependiente se reducía en proporción. Ese escenario anual auguraba un país que podía acelerar su desarrollo, acumular capital humano y elevar su ingreso per cápita.
Si se hubiese acompañado de políticas educativas ambiciosas, de expansión del empleo formal, de participación plena de las mujeres y de un entorno de seguridad sólido, México podría haber replicado la historia de éxito de naciones que convirtieron ese momento en un trampolín hacia la prosperidad.
¿Por qué no se tradujo en prosperidad?
La realidad es que México dejó pasar gran parte de esa ventana por una combinación de obstáculos estructurales que aún persisten.
Alta informalidad laboral: Más de la mitad de los trabajadores en México se encuentra en condición de informalidad. Esta precariedad frena no solo el crecimiento individual de los trabajadores, sino también limita el ahorro, la recaudación fiscal y la capacidad de financiar infraestructura, educación y salud. Tener más personas en edad de trabajar no rinde su potencial cuando esos empleos son inestables, mal pagados y sin acceso a protección social.
Rezago educativo y desconexión con el mercado laboral: El capital humano es esencial para capitalizar el bono demográfico. Pero en México, muchos jóvenes no alcanzan niveles de aprendizaje adecuados, y una parte importante queda fuera del sistema laboral formal o de estudio. A pesar de la ventaja demográfica, no se logró sistemáticamente elevar la calidad educativa ni articular la formación con los empleos que demanda una economía más compleja.
Participación femenina insuficiente: El subaprovechamiento de la fuerza laboral femenina es una falla grave. Aunque el porcentaje ha mejorado, sigue por debajo de países de referencia. Una mayor incorporación de las mujeres al mercado laboral podría haber ampliado el tamaño efectivo de la fuerza de trabajo y dinamizado la economía. Datos recientes indican que la tasa de participación femenina ronda el 47?%.
Inseguridad y Estado de derecho débil: No es un factor menor. Un entorno de violencia, crimen organizado y falta de certeza jurídica inhibe la inversión, desalienta planes empresariales de largo plazo y reduce las oportunidades para jóvenes que deberían engrosar la fuerza laboral formal. Si bien no se puede atribuir exclusivamente a ese factor la falta de progreso, no tener un entorno mínimo de seguridad sí actúa como freno al pleno aprovechamiento del bono demográfico.
El reloj demográfico corre: La ventana no es eterna. México ya está cerca del punto en que el crecimiento de los adultos mayores elevará la carga por trabajador. Si la economía todavía no está preparada para ese cambio, el bono puede convertirse en una carga adicional: pensiones, salud, productividad estancada. Estudios estiman que el índice de dependencia de mayores crecerá de forma acelerada antes de 2050.
¿Fracaso nacional o margen de salvamento?
Decir que México solo “no aprovechó del todo” su bono demográfico sería quedarse corto. La evidencia muestra que el país está en riesgo real de perderlo completamente, lo que constituiría un fracaso histórico en términos de capital humano, oportunidades, crecimiento y equidad. Si no se actúa pronto con políticas de fondo, lo que debía ser una ventaja puede transformarse en un boquete: menos productividad, mayor dependencia, envejecimiento con baja preparación y mayores costos sociales.
La diferencia entre los países que lo lograron —como la Corea del Sur o Vietnam— y México no es que tuvieran más suerte, sino que implementaron reformas estructurales en el momento adecuado, combinaron educación de calidad con participación laboral amplia y crearon un entorno de estabilidad que permitió que una población joven se convirtiera en un motor económico. México tenía la población, pero no logró convertirla en ventaja competitiva plena.
Cómo evitar que el boquete se trague la oportunidad
Aunque el margen es estrecho, aún existe tiempo para corregir la ruta —pero solo con acciones decididas, coordinadas y de largo plazo. Algunos caminos urgentes:
1. Seguridad y Estado de derecho reforzados: Garantizar que jóvenes y adultos trabajen en entornos seguros, que las empresas puedan invertir sin miedo, que el crimen no actúe como desgaste económico. Un entorno de certeza es condición de posibilidad para empleo formal, exportaciones, reinversión y crecimiento.
2. Educación de calidad orientada al siglo XXI: Elevar los aprendizajes básicos —lectura, matemáticas y ciencias— y desarrollar una oferta técnica robusta (VET) que vincule a los jóvenes con empleos modernos, industriales y de servicios avanzados. Capitalizar el bono demográfico exige no solo gente en edad de trabajar, sino gente preparada para trabajar bien.
3. Formalización inteligente del empleo: Reducir barreras para que las empresas contraten formalmente, simplificar trámites, ofrecer incentivos para la transición de informal a formal y mejorar las condiciones de los trabajadores. Un empleo estable y digno es clave para mejorar ingresos, productividad y bienestar.
4. Mayor inserción laboral de las mujeres: Cerrar la brecha de género no es un asunto moral únicamente, es una palanca macro. Ampliar guarderías, flexibilizar horarios, crear trayectorias laborales orientadas al talento femenino, y reconocer el aporte económico y social de las mujeres. El dividendo femenino es quizá el mayor “bonus” demográfico que falta capturar.
5. Transformar el crecimiento en productividad y competitividad real: No basta con que más personas trabajen, esto debe traducirse en competitividad y productividad para el conjunto económico. Esto significa adoptar tecnologías, fomentar innovación, conectar a México con cadenas globales de valor, mejorar infraestructura, logística y apoyar clusters industriales. Sin competitividad, el bono se diluye.
México tuvo —y aún tiene— una oportunidad demográfica de oro: una mayoría de jóvenes, menos dependientes, un ambiente temporal de ventaja. Pero no supo transformarla en desarrollo pleno. Aún está a tiempo de rescatar al menos parte de ese dividendo, pero el tiempo corre. Si no actúa con visión estratégica, el país estará condenado a ver cómo su gran oportunidad se desvanece y da paso a un desafío mayor: un futuro con envejecimiento rápido, bajos ingresos y mayor desigualdad.
Este no será simplemente un deslinde económico, sino una encrucijada histórica. México puede decidir ahora que su ventana demográfica se convierta en plataforma de prosperidad —o dejar que se cierre y que esa generación que tenía el futuro en sus manos se convierta en aquella que lo dejó escapar.