Bajo presión
Esta semana, como todas, ha sido decisiva en el gobierno de Claudia Sheinbaum. A través de la conferencia matutina, la presidenta ha intentado establecer en la agenda pública las acciones que considera más importantes de su administración: la continuación de la lucha contra la corrupción y la diferencia en el trato hacia las víctimas respecto a la administración anterior. Incluso anunció su libro Diario de una transición histórica, material que deberá analizarse para establecer las distancias entre las formas de gobernar de Andrés Manuel López Obrador y su sucesora.
El intento por definir a su gobierno no se da únicamente a través de la conferencia; también participan sus colaboradores más cercanos en distintos frentes, como la comparecencia del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, ante el Senado. Aquella presentación, que pudo haber sido un espacio de contraste entre el discurso gubernamental y la percepción social, terminó convertida en un adelantado aplausómetro.
En materia de comunicación, el gobierno de la República intenta cumplir su tarea, aunque sin éxito alguno. Los temas que dominan la agenda pública —de los que se habla en los medios— fueron las actitudes infantiles de algunos actores de la Cuarta Transformación.
Los asuntos que deberían ocupar la mirada oficialista son las revelaciones de Raquel Buenrostro, titular de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, o las acciones gubernamentales de apoyo a las víctimas de las lluvias en cinco entidades federativas. Sin embargo, lo que leemos es el seguimiento al actuar pueril de un grupo de políticos que aseguran representar el cambio y la transformación:
El diputado Cuauhtémoc Blanco hace un berrinche y exige que le pasen lista mientras juega pádel; el senador Gerardo Fernández Noroña busca mantenerse en el candelero solicitando un permiso para viajar a Palestina, generando así un desencuentro diplomático; se intenta exhibir a Sergio Mayer por el baile en el que participaron diversos legisladores durante el homenaje a la Sonora Santanera; y se citan, fuera de contexto, unas declaraciones misóginas de Paco Ignacio Taibo II para elaborar un diagnóstico de la literatura mexicana.
A estas alturas, parece que el gobierno federal no ha terminado de entender que comunicar no significa saturar, ni que establecer una agenda implica imponerse en el ruido. El mensaje se dispersa entre los desplantes de los suyos, las declaraciones inoportunas y el afán de mantener encendida la hoguera de la polarización, aunque ya no haya leña que la alimente.
El equipo de comunicación de la presidenta insiste en reproducir el formato que tanto sirvió a su antecesor, pero el escenario es otro: el carisma no se hereda, y el control del discurso tampoco. La conferencia matutina se ha convertido en un ritual burocrático que deriva en memes, berrinches o bailes de legisladores.
En política, como en el espectáculo, no hay peor derrota que aburrir al público. El gobierno de la presidenta Sheinbaum confunde la disciplina con el entusiasmo. Mientras se esfuerzan por explicar su diferencia, cada día se parecen más a aquello que juraron transformar.
El problema no es sólo cómo el gobierno intenta comunicar, sino cómo los medios elegimos mirar. Nos hemos vuelto adictos a la anécdota, al chisme político, al escándalo exprés. Medimos la relevancia de un hecho por la cantidad de likes, compartidos o reproducciones, no por su impacto público. En esa lógica, es natural que el berrinche de Cuauhtémoc Blanco o el viaje de Fernández Noroña reciban más espacio que las políticas anticorrupción o la atención a las víctimas. No porque sean más importantes, sino porque generan más clics.
Cuando el compromiso de los medios deja de ser ordenar el ruido y se opta por reproducir, el oficio se diluye. Hemos transformado la pauta editorial en la búsqueda de la tendencia; queremos agradar, nos urge ser queridos, tener seguidores. Ya no importa informar: la noticia dejó de ser el arte de hacer las preguntas incómodas para convertirse en una competencia de ingenio o de indignación instantánea.
El periodismo se narra a sí mismo, fascinado con su reflejo en la pantalla. La información dejó de ser una herramienta de comprensión y se volvió una mercancía emocional. Nos mueve lo que provoca ira, risa o morbo, no lo que importa. Y mientras los reporteros competimos por atención, el poder gana por default.
En este juego, el gobierno no necesita censurar ni controlar: basta con esperar a que los medios se distraigan, y nos distraemos con gusto.
El problema ya no es que el poder mienta o se equivoque; simplemente ya no tiene necesidad de esconder sus intenciones. Sabe que los medios estamos ocupados en el deslumbrante escándalo, opinando sobre el último desliz de un legislador, buscando el encuadre más ingenioso o el titular más provocador.
Mientras los medios convertimos la información en espectáculo, el espectáculo se adueña de la información. Entre el ruido y la autocelebración, el periodismo corre el riesgo de volverse irrelevante: entretenido, sí; leído, también; pero incapaz de incomodar a nadie.
Coda. La democracia no necesita espectáculo, necesita menos ruido y más claridad. Tanto el gobierno como los medios tenemos una cita pendiente con la responsabilidad. La pregunta es si llegaremos a tiempo o si seguiremos entretenidos viendo cómo se desvanece la oportunidad.
Ps. En Aguascalientes la clase política no acaba de entender la relación con los medios, acostumbrados al chayote, consideran que pagar espectaculares o pintas en paredes basta para conseguir el apoyo popular, lamento decir que sus vergonzosos gastos terminarán en el mismo lugar que el papel higiénico, lo siento Antonio Martín del Campo, Paulo Martínez, Max Ramírez, Quique Galo… entre otros y otras fascinados por ver su rostro en espectaculares.
@aldan