El derecho como mujer a hacer el ridículo

El libro negro

Parece una tontería decirlo, pero una de las cosas más revolucionarias que las mujeres todavía estamos aprendiendo a hacer y a permitirnos, es el simple y bendito derecho a hacer el ridículo.

Durante siglos se nos ha enseñado que debemos ser correctas, elegantes, prudentes. Que cada gesto, palabra o carcajada debe pasar por un filtro invisible de “cómo nos vemos”, “qué pensarán” o “qué dirán de nosotras después”. Se nos permite ser inteligentes, pero no demasiado; graciosas, pero con medida; valientes, pero sin que parezca rebeldía. Y ahí, entre tantas reglas no escritas, se nos ha ido escapando lo más básico: la libertad de equivocarnos, de probar, de reírnos de nosotras mismas sin culpa.

El feminismo, en sus muchas olas y formas, ha peleado por derechos grandes: el voto, el trabajo, la autonomía sobre nuestros cuerpos. Pero hay una batalla más silenciosa que corre por debajo de todo eso, y es la de recuperar nuestra humanidad completa. No la versión mítica de la mujer fuerte, mártir o madre eterna, sino la mujer real: la que se equivoca, la que se arrepiente, la que tropieza y vuelve a intentar.

Y, sobre todo, la que a veces hace el ridículo.

Porque en esa capacidad de reírnos de nosotras mismas también hay libertad. Es la libertad de no tener que ser perfectas todo el tiempo, de no representar a todas las mujeres en cada paso que damos. El derecho a hacer el ridículo es, en realidad, el derecho a no ser un símbolo, a no cargar con una causa encima de los hombros cada vez que abrimos la boca.

En las redes sociales, esa presión se multiplica. Cada video, cada comentario, cada foto puede ser diseccionado con lupa. Si una mujer habla de política, debe ser brillante; si baila, es banal; si se ríe, es frívola; si se enoja, es histérica. Y en medio de todo, a veces se nos olvida que también tenemos derecho a ser simplemente graciosas.

Ser graciosas, de hecho, es un acto político. Porque el humor nos humaniza. Nos saca del molde rígido de la mujer perfecta y nos lleva al terreno de lo cotidiano, de lo imperfecto, de lo auténtico. Y sin embargo, cuántas veces nos han dicho que la mujer que hace chistes es “poco seria”, “vulgar” o “inmadura”. Cuántas veces se ha celebrado al hombre divertido y se ha castigado a la mujer por la misma razón.

Nosotras también queremos ser el chiste, no solo la musa.

Hay algo profundamente liberador en dejar que los demás te vean torpe, ridícula o incluso tonta, sin sentir que el mundo se acaba por eso. Aprender a reírnos de nosotras mismas es una forma de reconciliarnos con la imperfección. De entender que no necesitamos ser mártires para ser respetadas. Que no hace falta ser madres, esposas ni heroínas para tener valor. Que también somos, simplemente, humanas.

El feminismo no solo busca igualdad frente al hombre, sino igualdad frente al error. Que si un hombre se equivoca, no sea “un paso en falso”, y si una mujer se equivoca, no sea “una decepción”. Que podamos fallar sin que el juicio moral nos caiga encima como una losa.

Pienso en todas las veces que una amiga ha dicho: “qué pena, hice el ridículo”, y me dan ganas de responderle: “qué suerte, hiciste algo de verdad”. Porque en el ridículo hay vida. Hay espontaneidad, hay desparpajo, hay humanidad pura.

A veces me pregunto si esa es la verdadera revolución pendiente: dejar de ser siempre tan solemnes. Aprender a reírnos más, a tomarnos menos en serio. Porque sí, el patriarcado nos enseñó a callar, pero también nos enseñó a tensar los hombros, a estar siempre en guardia. Y no hay nada más feminista, a veces, que relajar el cuerpo y soltar una carcajada que no pida disculpas.

Quisiera que todas pudiéramos tener ese momento en que nos reímos tan fuerte que se nos corre el rímel, o en que bailamos sin ritmo y sin pena. Que dejemos de preguntarnos si nos vemos bien haciéndolo, y simplemente lo hagamos. Que el ridículo deje de ser una vergüenza y se vuelva una bandera.

Porque no quiero ser mártir, ni madre antes que persona, ni perfecta. Quiero tener el derecho y el placer, de ser una mujer común que a veces se equivoca, que dice tonterías, que hace el ridículo y que, aun así, se siente completa.

Y ojalá que algún día no tengamos que hablar de esto, porque será tan natural como respirar. Hasta entonces, me quedo con esta idea: el feminismo también es eso. El derecho a reírnos sin miedo.

 

 

OTRAS NOTAS