Desde el segundo piso
No se trata de un tema de discriminación o critica hacia los habitantes de “la región más transparente”. Tengo familia que amo y que es, como dicen allá, un hundred por ciento chilanga. Es una ciudad que sufro en el tráfico, pero que disfruto y presumo por su enorme diversidad, belleza y calidez en muchas de sus facetas.
Lo que intento es reflexionar sobre cómo la República ha concentrado su vida institucional y su visión nacional bajo los lentes con los que los tlatoanis y sus cortesanos sexenales marcan su periodo de gobierno. Y si bien es innegable que estar federados los 32 estados en esta bella y diversa República Mexicana supone ventajas, también implica enormes retos precisamente por su riqueza y contextos tan disímiles.
Quizá hoy la polarización político-electoral nos ha nublado tanto el pensamiento estratégico como la visión humana. Hemos perdido la capacidad de entender que lo que le hace sentido a un habitante de Comitán en Chiapas puede no tenerlo para alguien en Reynosa Tamaulipas o en la alcaldía Cuauhtémoc, por ejemplo.
Esto mismo lo venimos observando en el sistema educativo desde hace décadas. Si bien el conocimiento científico es universal, las habilidades y saberes prácticos no lo son, no significan lo mismo ni se aplican igual en todas las realidades del país. Lo mismo ocurre con las condiciones socioeconómicas, políticas y culturales que configuran la vida de los habitantes de los 32 estados de nuestra República.
Entonces, ¿por qué aceptar que unos cuantos iluminados o iluminadas, para no discriminar dicten desde el centro cómo debemos vivir, en qué invertir o qué rumbo tomar con los recursos que cada población genera? Si la base del pacto federal es precisamente la subsidiariedad, ¿por qué castigar a los estados o regiones que hacen bien su tarea, o que por distintas razones avanzan a otro ritmo?
Más allá de las explicaciones ontológicas, lo cierto es que seguimos atrapados en una lógica centralista que castiga la diferencia y premia la dependencia.
En su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional en Oviedo el pasado 24 de octubre, Mario Draghi menciona un concepto que quiza deberiamos de poner atención, “El único camino posible es el de un nuevo federalismo pragmático.
Un federalismo basado en determinados ámbitos clave, flexible y capaz de proyectarse y actuar al margen de los mecanismos más lentos del proceso de toma de decisiones de la Unión.”
Con los matices que exige nuestro contexto, quizá ha llegado el momento de plantear una reforma profunda del Estado mexicano, una que reconozca los distintos Méxicos que coexistimos bajo una misma bandera. Mientras eso ocurre, vale la pena retomar la idea de Draghi
“Este federalismo pragmático permitiría a los que tienen mayores ambiciones actuar con la rapidez, la amplitud y la intensidad de otras potencias mundiales.”
México tiene estados y regiones que ya compiten a nivel global en distintas áreas. ¿Por qué atarlos de manos con el tortuguismo de nuestra burocracia política y la visión romántica y nostálgica de un pasado que no volverá?
Lo advierte también el filósofo español Daniel Innerarity en su libro “Una teoría de la democracia compleja” , donde meciona “El proyecto democrático fue pensado para una sociedad mucho menos compleja que la que hoy tenemos. Las transformaciones que la sociedad ha vivido se han convertido, a su vez, en obstáculos imprevistos y sobrevinientes para el cumplimiento de las promesas democráticas.”
Ojalá nuestra clase política empiece a pensar más en el rediseño de las políticas públicas, en cómo hacerlas realmente útiles para los ciudadanos y, sobre todo, en cómo exigir a los gobiernos locales responsabilidad sobre el orden y el progreso de sus territorios.Que en homenajes a la Santanera.
No podemos seguir esperando la ayuda salvadora del “etnocentrismo chilango” que aún domina muchas de las decisiones nacionales. Con respeto y admiración por la gran capital, pero también con claridad, una nación tan plural no puede seguir siendo conducida desde el mismo volante.
Porque una república no sobrevive de mañaneras de preguntas “cuidadas”, sino de la inteligencia colectiva de sus regiones. Y mientras el país intenta sobrevivir a la ola asiática de innovación tecnológica que nos avasalla, aderezada con las locuras del vecino del norte, más nos vale no depender de la benevolencia del “algoritmo gringo”… ni del Torquemada digital que un día dijo amar a México cuando era embajador.
Al final, lo que está en juego no es solo el modelo de gobierno, sino el código con el que se programa el poder. La tecnología, hoy más que nunca, está moldeando decisiones, percepciones y jerarquías políticas. En ese tablero invisible donde los datos reemplazan a los votos y los algoritmos dictan prioridades, las regiones del país no pueden seguir siendo simples usuarios del sistema central, deben convertirse en programadores de su propio destino.Como menciona José María Lassalle“La tecnología está reescribiendo la política; el algoritmo se ha convertido en el nuevo Leviatán.”
Es tanto…
Autor: Ricardo Heredia Duarte