Razones
Los jóvenes han demostrado en distintos momentos de la historia reciente que las redes sociales pueden ser un poderoso catalizador de movilización. Desde la Primavera Árabe, que culminó en Egipto con el arribo de un nuevo dictador, hasta las protestas en Nepal, donde una ola de indignación juvenil derrocó al primer ministro, el papel de las nuevas generaciones ha sido determinante. En Marruecos y Kenia, la denominada Generación Z también ha salido a las calles. El denominador común de estas expresiones parece ser el mismo: el desempleo juvenil y la ineficacia de los sistemas educativos para incorporarlos al mercado laboral.
En un mundo agitado por la velocidad de los cambios tecnológicos, la automatización y la disrupción como motores del crecimiento económico, la política parece moverse en sentido contrario. Mientras la innovación reconfigura los empleos y la educación, Acción Nacional usa un lenguaje del siglo pasado.
En su relanzamiento el PAN ignora la complejidad de la nueva realidad social y económica, y recurre a una estrategia desgastada y monótona. Si su objetivo era diferenciarse como fuerza opositora, lo ha conseguido, pero no por su frescura o creatividad, sino por su incapacidad de conectar con la juventud. Su discurso carece de atractivo y de arraigo entre las nuevas generaciones, que perciben al partido más como un eco del pasado que como una opción de futuro.
El relanzamiento del PAN, con su cambio de logotipo y su intento de “modernización”, resulta irrelevante ante una sociedad mexicana cada vez más diversa y exigente. Detrás de esa reinvención cosmética persiste el control de grupos internos que lo han vaciado de su esencia democrática y opositora. Su fallida alianza con el PRI, el secuestro por intereses particulares y su alineación con una derecha conservadora que intenta refugiarse en la retórica de la familia y la patria, lo han convertido en un partido de nicho, funcional al propio régimen de Morena.
El expresidente Vicente Fox tuvo la oportunidad histórica de impulsar un cambio verdadero, pero optó por una endeble alianza con el PRI, minada por las fracturas internas del panismo. Más tarde, Felipe Calderón inició sin estrategia una guerra contra el narcotráfico cuyas consecuencias seguimos pagando: inseguridad, fragmentación institucional y pérdida de confianza en el Estado. Así, el PAN, que alguna vez representó una alternativa ética y cívica, terminó manchado por la corrupción y el abuso de poder al convertirse en gobierno.
Hoy, mientras la juventud enfrenta la incertidumbre del cambio tecnológico, el desafío de encontrar empleo y la necesidad de formarse para un mercado laboral cada vez más competitivo, el PAN —como buena parte de la oposición— no ofrece ninguna alternativa real. Sus discursos carecen de propuestas que respondan a las inquietudes de las nuevas generaciones: cómo insertarse en la economía digital, cómo acceder a la educación de calidad, cómo reducir las desigualdades o cómo participar políticamente más allá del voto.
La Generación Z muestra un creciente desinterés por la política tradicional, pero no por las causas sociales. Su rechazo se traduce en protestas, en creatividad digital, en exigencia de coherencia. Perciben con claridad la asimetría económica y el proceso de elitización que limita sus oportunidades. Frente a ello, el discurso del relanzamiento panista no les dice nada. No hay mensaje, no hay identidad, no hay propuesta.
Mientras el partido en el gobierno mantiene presencia y simpatía a través de programas sociales, la oposición —en toda su geometría política— se define solo por el rechazo, sin construir una narrativa alternativa de país.
México necesita una oposición moderna, crítica, con visión social y tecnológica, capaz de dialogar con la juventud y de comprender los desafíos de una sociedad en transformación. El futuro político no se jugará en la nostalgia del pasado, sino en la capacidad de crear oportunidades en un mundo donde el cambio ya no espera a nadie. El PAN enfrenta el desgaste de la reinvención cosmetica o la reinversión del desgaste sin imaginación.