¿Lo dije o lo pensé?
Apenas hace unos cuantos días el PAN ha decidido dejar de mirar el retrovisor de las alianzas y volver a manejar su propia marca. La ruptura con el PRI y el anuncio de que competirá sin coaliciones (acompañado de un “relanzamiento” con apertura a liderazgos ciudadanos, procesos internos más competitivos y un nuevo logo) reconfigura de golpe el tablero opositor. Es un giro con lógica política: reconstruir identidad, zanjar el desgaste de pactos que confundieron al electorado y, de paso, atraer a quienes ven en las alianzas una suma que resta. Pero también es una apuesta de alto riesgo: el sistema electoral mexicano premia anchos territoriales, y competir solo puede convertir la pureza doctrinaria en irrelevancia práctica si no hay músculo en tierra.
El argumento a favor es claro: sin coalición, el PAN deja de subordinar sus decisiones a equilibrios burocráticos y puede volver a hablar con una sola voz. Prometer primarias abiertas, encuestas y voto panista directo suena a reencuentro con la tradición meritocrática de Acción Nacional y a un antídoto contra la cultura de las designaciones. Si ese candado se cumple, el partido no solo ganará legitimidad interna, sino que podría distinguirse en un paisaje donde abundan los “dedazos” y las candidaturas por cuota.
El costo potencial, sin embargo, es también evidente: fragmentar el voto opositor en contiendas clave. La aritmética de la democracia no siempre favorece a quienes van “puros”. En estados y municipios donde la marca PAN perdió tracción en la última década, una boleta sin aliados puede equivaler a entregar distritos en bandeja de plata al oficialismo. No es casual que, tras el anuncio, figuras del priismo acusaran “cobardía” o reprocharan el portazo: más allá de las etiquetas, lo que está en juego es la supervivencia de muchas estructuras locales que dependían de la suma de logos para competir.
Hay, además, una dimensión estratégica: si el PAN pretende seducir a votantes urbanos, jóvenes y moderados, tendrá que resolver la ecuación que durante años postergó con las coaliciones: ¿qué oferta política distinta pone sobre la mesa? El discurso de “abrirse a la ciudadanía” y “liderazgos nuevos” entusiasma, pero se agota si no llega acompañado de posiciones claras en seguridad, crecimiento, servicios públicos y anticorrupción, y de cuadros con autoridad moral para defenderlas. La foto de Sinaloa (donde ya se avisó que irán sin coalición)se repetirá en más estados (según anunció Jorge Romero, dirigente nacional del PAN), y en Aguascalientes no será la excepción.
El movimiento también reordena la conversación con Movimiento Ciudadano. Si el PAN va solo por convicción (y no por falta de alternativas), deberá demostrar que su apuesta es más atractiva que la ruta “naranja” de competir en solitario con estética de novedad. En 2027 y 2030, el electorado premiará coherencia y resultados, no solo eslóganes. Volver a ser opción implica algo sencillo de decir y difícil de ejecutar: que el votante reconozca en el PAN una propuesta propia y, sobre todo, competente.