Contra Paradigma
El PRI, otrora partido hegemónico durante más de ochenta años, se consolidó como la vía institucional hacia la democracia tras la Revolución. Pero su historia está marcada por el oscurantismo: sus candidatos —y luego sus expresidentes— perfeccionaron un modelo de autoritarismo tan eficaz que llegó a controlar cada resquicio del aparato burocrático y republicano. Mario Vargas Llosa lo llamó, con razón, “la dictadura perfecta”.
Hoy, de aquel gigante apenas quedan ruinas: unos cuantos curules, una militancia dispersa y buena parte de su estructura emigrada al actual partido en el poder, Morena. Este último busca sobrevivir a toda costa; sin embargo, su dirigencia ha reproducido un sistema de control en el que el poder se reparte entre familias, amigos, compadres, empresarios y abogados de confianza. Ante tal constante, su militancia ha comenzado a darle la espalda.
Su dirigente carece de respaldo en las secciones distritales —donde realmente se construyen las estrategias electorales— y el partido, que alguna vez fue gobierno, se asume hoy como oposición. Resulta, sin embargo, casi tragicómico que ahora promueva iniciativas y plataformas políticas que jamás consideró cuando tuvo el poder en sus manos. Todo indica que, de continuar así, podría perder su registro en el futuro inmediato. Aunque, como suele ocurrir, muchos cuadros del viejo PRI siguen operando dentro del actual régimen morenista.
En cuanto al PAN, que aún se presenta como la principal fuerza opositora, padece también una grave incongruencia política. Es un partido vinculado a los cárteles inmobiliarios, de ideología abiertamente conservadora, heredera de Manuel Gómez Morin, quien creó una Mística de partido, hoy totalmente olvidada. Su historia se entreteje con grupos ultraconservadores como El Yunque, los Caballeros de Cristo o el Opus Dei —este último importado de la España franquista—, además de un permanente vínculo con el sector empresarial antisindicalista.
El votante típico panista responde a un perfil de clase media alta o envejecida, con aspiraciones de pureza y blanqueamiento, nostálgico de una república ordenada bajo el lema “Dios, familia y patria”. Paradójicamente, abren los brazos a Europa y a Estados Unidos, pero cierran las puertas a América Latina y al mundo oriental. Hoy gobiernan pocos estados de la República; en algunos de ellos, han mostrado eficacia administrativa, pero un preocupante déficit en materia de derechos humanos.
Intentaron modernizarse abriendo sus puertas a todo tipo de militancia, pero los sectores LGBT+ y las minorías que se acercaron fueron rápidamente marginados. Su relevo generacional es inexistente: una clase política envejecida, sin proyecto y con ideas del siglo pasado, que hoy recurre a rifar teléfonos celulares para atraer jóvenes simpatizantes.
Movimiento Ciudadano representa el nuevo rostro del pragmatismo político. Nacido como Convergencia, ha logrado atraer perfiles preparados y con solvencia económica, aunque su vínculo con las cámaras empresariales lo aleja de las necesidades del trabajador. Es, en cierto modo, un partido de “socialismo burgués”: tecnócrata, cosmopolita y gerencial. Su fórmula electoral consiste en reclutar artistas, influencers y rostros atractivos; la estética suple la ideología.
Gobernando estados clave como Jalisco y Nuevo León —las “California” y “Texas” mexicanas, o si se quiere, sus gobiernos presumen eficiencia, aunque con una mirada elitista y desconectada del México real. No hace mucho, un gobernador de sus filas celebró la falta de transporte público eficiente en su estado porque, según él, “allá todos tienen coche, como en Houston”. Otro, en un gesto de modernidad absurda, creyó combatir las desapariciones forenses comprando camionetas Tesla para la policía.
Su propósito no es resolver problemas sociales, sino proyectar una imagen de modernidad y “competitividad internacional”. Sin embargo, la crisis general del sistema ha hecho que, por contraste, MC gane terreno electoral.
A esta ecuación se suman los partidos satélite del poder: el Verde Ecologista y el PT. Ambos sobreviven gracias al amparo de Morena, a cambio de votos que garantizan mayorías calificadas y la aprobación sin debate de sus iniciativas. Son herederos de la práctica priista de la subordinación rentable. El Verde, dirigido por viejos cuadros del PRI, no ha promovido una sola política ambiental seria; su labor legislativa es casi decorativa.
El PT, que se autodefine como de izquierda, defiende los derechos de los trabajadores solo cuando no incomodan al capital o al gobierno. Sus dirigentes enfrentan procesos por enriquecimiento ilícito, pero controlan sindicatos y los usan como moneda electoral.
Al comenzar el 2025, más de ochenta organizaciones han solicitado su registro como nuevos partidos políticos. Algunos de corte “republicano”, inspirados en figuras como Trump, Bukele, Bolsonaro o Milei, alimentan discursos de ultraderecha y son, según se rumora, financiados por élites del norte y de España. Otros, en cambio, nacen como escisiones de Morena: fundadores desplazados que aseguran haber “vendido el partido para conservar el poder”.
En ellos se libra la disputa entre los puristas —que buscan mantener la idea original del movimiento— y los pragmáticos, ya instalados en el confort del poder, practicando el nepotismo, el derroche, el caciquismo local y los pactos oscuros con empresarios y narcotráfico. Piden austeridad republicana, pero derrochan en lujos; hablan de justicia social, mientras reproducen los viejos vicios del sistema.
Así está el tablero político mexicano: un mosaico de incongruencias, simulaciones y nostalgias autoritarias. La lucha por el poder continúa, pero más que un combate de ideas, parece una pugna por administrar el botín. Y, como en tantas otras ocasiones, lo que ocurra en Estados Unidos terminará inclinando la balanza