Razones
“El talento nace en cualquier lugar, pero las oportunidades no”, afirma Ina Ganguli, economista de la Universidad de Massachusetts Amherst. La frase sintetiza una de las tensiones más profundas del desarrollo contemporáneo: la brecha entre el potencial humano y las condiciones estructurales para aprovecharlo. México encarna esa paradoja. Posee una reserva significativa de talento joven con capacidades científicas y tecnológicas, pero carece de una estrategia nacional para transformar ese capital humano en innovación productiva y crecimiento económico sostenible.
La Real Academia Sueca de Ciencias otorgó el Premio Nobel de Economía 2025 a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, reconociendo sus aportaciones a la comprensión del crecimiento impulsado por la innovación. Mokyr fue distinguido por su análisis histórico sobre las condiciones culturales y educativas que posibilitan el progreso tecnológico; mientras que Aghion y Howitt fueron premiados por su teoría del crecimiento mediante destrucción creativa.
Este concepto describe la dinámica de sustitución constante entre lo viejo y lo nuevo: cada innovación “destruye” tecnologías, productos o métodos previos, pero simultáneamente crea nuevos espacios de producción, empleo y conocimiento. La destrucción creativa no es una crisis, sino el motor del progreso. Sin embargo, requiere entornos institucionales capaces de absorber y reconvertir el cambio, así como sistemas educativos que preparen a las nuevas generaciones para participar activamente en ese proceso.
La guerra económica entre Estados Unidos y China refleja, en el fondo, una disputa por la velocidad de la transformación tecnológica. No se trata solo de comercio o manufactura, sino del dominio de las plataformas digitales, la inteligencia artificial y los flujos de datos que definirán el poder económico global en las próximas décadas.
En este escenario, el fenómeno del nearshoring ha sido presentado como una gran oportunidad para México. Sin embargo, reducirlo a la relocalización de manufacturas sería una lectura incompleta. La verdadera oportunidad radica en la atracción de capital tecnológico, es decir, en convertir al país en un nodo regional para la innovación, el desarrollo de software, la ingeniería de datos y la inteligencia artificial.
El nearshoring debería ser el punto de partida de un proyecto de reindustrialización inteligente, basado en el conocimiento y el valor agregado, no solo en la mano de obra o la ubicación geográfica.
El primer paso hacia ese modelo es la educación. En particular, la educación media superior constituye el eslabón más estratégico para construir una base sólida de talento técnico y científico. Es ahí donde pueden desarrollarse las competencias necesarias para participar en la economía digital: pensamiento lógico, habilidades matemáticas, programación, análisis de datos y comprensión de sistemas tecnológicos.
México necesita crear una plataforma tecnológica y de innovación nacional que vincule directamente la formación educativa con la investigación aplicada y la producción de conocimiento. Esta plataforma debería impulsar centros de innovación y datos regionales, conectados a universidades, institutos tecnológicos y empresas, para transformar la educación en una fuente directa de desarrollo local.
Formar talento ya no basta: hay que anclarlo al territorio, ofrecerle proyectos, infraestructura y condiciones que lo retengan. La fuga de cerebros no es inevitable si existen entornos de trabajo que reconozcan y potencien las capacidades nacionales.
El impulso a la innovación exige grandes inversiones en infraestructura tecnológica. Los centros de datos —indispensables para el desarrollo de inteligencia artificial y la gestión de información— demandan un uso intensivo de energía, agua y conectividad. En este aspecto, México enfrenta un obstáculo estructural: la falta de disponibilidad de gas natural e infraestructura energética en el sureste, una región con gran potencial, pero históricamente marginada.
Superar este rezago requerirá una planificación nacional integrada, que combine la política energética con la educativa y la industrial. Sin energía suficiente y sin una red moderna de telecomunicaciones, cualquier estrategia de innovación corre el riesgo de quedarse en el discurso.
Hoy es habitual leer cifras de inversión que superan los límites históricos. El anuncio reciente de Nvidia, que planea invertir hasta 100 mil millones de dólares en OpenAI para la construcción de nuevos centros de datos e infraestructura de inteligencia artificial, ilustra la escala del desafío. En este nuevo orden económico, los países que no desarrollen capacidades locales de infraestructura tecnológica quedarán confinados al papel de usuarios, no de creadores.
El país necesita asumir la innovación como política de Estado, no como un tema académico o empresarial aislado. Requiere instituciones que promuevan la cooperación entre el sistema educativo, el sector productivo y los gobiernos locales; mecanismos de financiamiento sostenido para investigación aplicada; y una visión de largo plazo que trascienda los ciclos políticos.
México tiene talento, pero no ha construido las oportunidades. A diferencia de otras naciones emergentes que han apostado por su capital humano —como Corea del Sur, Finlandia o Irlanda—, el país sigue fragmentando esfuerzos y dispersando recursos. La consecuencia es una brecha creciente entre el potencial de su población y la capacidad del Estado para integrarla a la economía del conocimiento.
La creación de una plataforma nacional de innovación desde la educación media superior permitiría corregir ese desequilibrio: identificar talento, fortalecer competencias tecnológicas y generar una red de proyectos vinculados con las demandas reales del mercado global. Es una apuesta que exige inversión, coordinación y visión, pero que puede redefinir el papel de México en la nueva geografía tecnológica mundial.
El mensaje de los Nobel de Economía 2025 es contundente: el crecimiento sostenible se origina en la capacidad de innovar, no en la simple acumulación de recursos. La innovación es el verdadero capital del siglo XXI, y su construcción depende tanto de las políticas públicas como de la visión educativa y productiva de cada país.
México no puede seguir observando la transformación tecnológica desde la periferia. Es momento de diseñar su propio modelo de desarrollo basado en conocimiento, infraestructura digital y formación de talento.
El talento ya está aquí; lo que falta es el ecosistema para convertirlo en progreso.