Periplo canicular
Vivimos en un mundo que se derrumba en cámara lenta. Cada día despierta con noticias que ya no duelen porque aprendimos a normalizarlas. Feminicidios, desapariciones, incendios, guerras lejanas, tortura animal, pobreza tan cercana que ya ni la vemos. La apatía se volvió un refugio colectivo, una forma de defensa ante lo insoportable. Hemos domesticado el horror, lo desplazamos con memes, con reels, con indignaciones de 24 horas.
El hombre moderno, decía Camus, sigue buscando sentido en medio del absurdo. Pero en nuestro tiempo, el absurdo no genera rebelión; genera likes. Nos adaptamos al sinsentido porque resulta más fácil que enfrentarlo. Y así, mientras la realidad se desmorona, seguimos produciendo, consumiendo, fingiendo que el caos no nos alcanza.
En Aguascalientes, la rutina se ha vuelto también un mecanismo de negación. Nos indignamos un día por un bosque arrasado, al siguiente por un perro asesinado, y después todo vuelve a la calma. La ciudad limpia, funcional y callada es también una ciudad adormecida. El silencio es parte del paisaje.
Mad World no es solo una canción triste; es una elegía por la humanidad que fuimos y por la que ya no somos. Su voz no grita, apenas susurra, como quien sabe que nadie escucha. Y tal vez ahí está su fuerza. En la melancolía de quienes todavía sienten algo mientras todo alrededor se vacía.
Porque, pese a todo, aún hay quienes siguen mirando con asombro, quienes escriben, pintan, cantan, quienes no se resignan del todo. Como escribimos antes, crear sigue siendo una vieja obsesión, una forma de resistencia ante la normalidad del sinsentido. Un intento por no volverse parte del ruido.
El mundo está loco, sí. Pero todavía hay quienes se detienen a escucharlo.