El libro negro
Hay algo profundamente enfermo en la forma en que la sociedad responde al dolor ajeno. Cada vez que una mujer es asesinada, una joven desaparece, una víctima denuncia acoso o un adolescente es reclutado a la fuerza, el país entero parece activar un reflejo aprendido: no preguntar qué falló, sino qué hizo la víctima para merecerlo. Es como si necesitáramos justificar la violencia para seguir creyendo que vivimos en control. Como si el sufrimiento ajeno se convirtiera en una especie de espejo incómodo que preferimos romper antes que mirarlo de frente.
Revictimizar no es un accidente. Es una costumbre social. Un instinto colectivo que mezcla morbo, miedo y poder. Sucede en los titulares que exhiben los cuerpos como si fueran trofeos; en los comentarios de redes que interrogan la vida privada de quien ya no puede responder; en las instituciones que repiten, con su burocracia fría, el mismo daño que dicen querer reparar. Sucede cuando la sociedad entera se vuelve juez de una historia que apenas entiende.
“¿Por qué iba sola?”, “¿por qué no denunció antes?”, “¿qué hacía ahí?”. Las preguntas no buscan respuestas: buscan culpables. Y es curioso que casi nunca los encuentren del lado correcto. Porque la revictimización tiene una función: limpiar la conciencia colectiva. Si creemos que algo “hizo” la víctima, entonces todo encaja. No tenemos que ver el problema estructural, no tenemos que exigir justicia ni replantear el sistema que normaliza la violencia. Basta con pensar que “no nos pasará” porque “no somos como ella”.
La revictimización tiene rostro institucional. La víctima que llega a denunciar y termina narrando una y otra vez lo ocurrido frente a funcionarios que no escuchan, que dudan, que piden pruebas imposibles. Tiene rostro mediático: la cámara que busca lágrimas, el reportero que pregunta a la madre cómo se siente al reconocer el cuerpo de su hija. Tiene rostro ciudadano: la vecina que murmura, el usuario que comenta desde la comodidad de su pantalla, el amigo que dice “hay dos versiones de todo”. Y tiene, sobre todo, rostro cultural: el de una sociedad que prefiere el escándalo antes que la empatía.
Detrás de ese reflejo hay un mecanismo más profundo. Vivimos en una era saturada de información, de violencia transmitida en tiempo real, de cuerpos y tragedias convertidas en contenido. Hemos desarrollado una tolerancia a la información, una especie de anestesia moral que nos permite consumir dolor sin quebrarnos. Cuanto más lo vemos, menos lo sentimos. Y así, la revictimización se vuelve entretenimiento, un ritual morboso disfrazado de interés social.
Pero revictimizar también es una forma de control. Se mantiene viva una jerarquía donde las víctimas deben “probar” su pureza, su inocencia, su conducta correcta, antes de merecer compasión. Es un castigo simbólico que le recuerda a todas las demás lo que pasa si rompen el silencio. Por eso tantas mujeres callan. Por eso tantos jóvenes atrapados en redes del narco o la trata no buscan ayuda: porque saben que el juicio social puede doler tanto como la violencia misma.
En ese sentido, revictimizar es la continuación del abuso por otros medios. La sociedad repite la violencia con un lenguaje más educado, más institucional, pero igual de destructivo. Y lo hace desde todos los frentes: el judicial, el mediático, el comunitario, incluso el familiar. La revictimización se enseña y se hereda, como una respuesta automática ante el dolor. Nos enseñaron a desconfiar de las víctimas porque creerles implica hacernos responsables.
Lo más perverso es que esta necesidad de culpar no nace del odio, sino del miedo. Miedo a reconocer que cualquiera podría ser la próxima. Miedo a aceptar que el Estado no protege, que las calles no son seguras, que el tejido social se ha podrido lo suficiente como para engullirnos a todos. Revictimizar es una forma de distancia: si el peligro tiene explicación, entonces puedo sentirme a salvo. Pero es una mentira frágil. Porque la violencia no distingue. Y tarde o temprano, todos quedamos de un lado u otro del silencio.
Romper ese ciclo exige más que indignación momentánea. Significa cambiar la forma en que narramos la violencia, en que miramos a quien sobrevive. Significa educar a jueces, médicos, policías, periodistas y a nosotros mismos en la ética de no volver a abrir la herida. Exige un periodismo con límites, una justicia empática y una ciudadanía que sepa acompañar sin exigir pruebas. Porque acompañar, cuando se hace desde el respeto, no es un acto menor: es una forma de resistencia.
La verdadera justicia comienza cuando dejamos de exigir explicaciones a quien fue dañada y empezamos a exigirlas a quien dañó. Cuando comprendemos que cada vez que culpamos a la víctima, el agresor gana. Que cada comentario incrédulo, cada titular morboso, cada silencio incómodo es una extensión de la misma violencia que decimos condenar.
Revictimizar es una adicción colectiva: nos calma la culpa, nos entretiene, nos da la ilusión de control. Pero en realidad nos deshumaniza. Y ahí está el punto más triste: en el intento de no sentir el dolor ajeno, terminamos perdiendo la capacidad de sentir el nuestro.
Es momento de romper ese reflejo. De mirar el dolor sin convertirlo en espectáculo. De creer antes de cuestionar, de acompañar antes de analizar. Porque ninguna víctima necesita ser entendida para ser respetada. Lo que necesita es no ser herida otra vez.