¿Quién nos robó?
Nos robaron la fraternidad y la solidaridad. Hace una semana las lluvias y los desbordes arrasaron municipios en al menos cinco estados Veracruz, Hidalgo, Puebla, Querétaro y San Luis Potosí, y lo que debía ser un vuelco masivo de manos y centros de acopio se transformó en carcajada política y trending topic. Hasta el viernes pasado hablaban de 72 muertos y 48 desaparecidos, según Reuters; aunque en otras ruedas de prensa se manejaron cifras distintas. La tragedia sigue abierta, y los conteos se mueven como las aguas que la originaron.
En Poza Rica, el panorama es caotico, calles sumidas en lodo, escombros y pobladores barriendo lo que quedó de sus casas, mientras la retórica política discute un viejo fantasma el FONDEN como si eso fuera a secar las calles. La gente está en los patios quitando lodo; los debates se quedaron en X, en la zona de confort del dedo índice.
¿Y el FONDEN? Creado en 1996, desaparecido en 2021, fue durante años el mecanismo institucional para responder a emergencias y desastres. Su ausencia revive la discusión sobre la capacidad del Estado para reaccionar ante tragedias naturales, ahora amplificadas por un fenómeno que ya no es noticia científica sino realidad cotidiana, el cambio climático.
Porque esto no fue “una lluvia fuerte”. Fue la muestra más reciente de una tendencia que, como advierte Johan Rockström en Breaking Boundaries: The Science of Our Planet ( Rompiendo Fronteras: La Ciencia de Nuestro Planeta), está llevando a la humanidad a sobrepasar los límites de estabilidad ecológica que hicieron posible nuestra civilización. El planeta, dice, “ya no responde de manera lineal”; lo que antes era una tormenta aislada, ahora es el preludio de una cadena de crisis. Y México, por su geografía y su desorden territorial, está entre los países más vulnerables.
El Banco Mundial estima que los desastres climáticos ya le cuestan a México más de 1.5% del PIB anual. En este caso, solo Veracruz calcula pérdidas por 18 mil millones de pesos, y más de 100 mil viviendas afectadas en las cinco entidades golpeadas. Pero el costo más alto es invisible: la erosión del tejido social, ese hilo que antes nos hacía salir a ayudar sin preguntar de qué partido eras.
Lo peor no es que haya política, la habrá siempre; lo peor es que la política se haya vuelto espectáculo. Voceros buscando likes, opositores midiendo golpes, debates estériles que no levantan ni una pala. Y la ciudadanía, cansada, ya ni se indigna “otra desgracia más”. Eso sí que nos lo robaron, el sentido de urgencia compartido.
Hoy deberíamos estar discutiendo cómo adaptarnos a una nueva normalidad climática, cómo rediseñar ciudades, bordos, drenajes y sistemas de alerta. Pero preferimos seguir midiendo quién ganó el round en la mañanera o quién tuiteó más rápido la condolencia.
Exijo y te invito a exigir un alto al ruido, una coordinación real entre gobiernos, ONGS y comunidad; censos rápidos, rutas humanitarias, vacunas, agua, brigadas limpias y transparencia en los recursos. No necesitamos más hashtags; necesitamos manos, ambulancias y planificación hidrológica a largo plazo.
Dicen que el mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino por los que se quedan mirando sin hacer nada.
Si no recuperamos la fraternidad ahora, cualquier discurso posterior será solo teatro para la foto.