Contra Paradigma
Latinoamérica entera es testigo de este contrasentido. Nuestros países se proclamaron federales, pero su espíritu permanece atado a la lógica del virreinato. Hemos cambiado de símbolos y de discursos, pero no de hábitos. Donde debió florecer la pluralidad, surgió el dogma; donde debió consolidarse la soberanía de los estados, se instaló el mandato del caudillo. Aquel que no obedece es traidor; aquel que disiente, enemigo. Y así, la república se marchita en la uniformidad.
México no ha escapado a esa enfermedad del poder. El federalismo, fruto de luchas sangrientas y de pactos entre hombres libres, se ha ido desdibujando entre la retórica y la obediencia ciega. El presidencialismo, ese viejo monstruo de rostro cambiante, sigue imponiendo su sombra. Hoy ya no manda con bayonetas ni decretos, sino con presupuestos, alianzas partidistas y chantajes disfrazados de cooperación. El centralismo moderno se administra con transferencias federales y discursos de unidad nacional. Y lo peor: muchos lo aplauden.
Los gobernadores, que debieran ser custodios del equilibrio republicano, han renunciado a su papel histórico. Algunos, por comodidad; otros, por conveniencia. Quienes pertenecen al partido hegemónico se muestran disciplinados ante el poder central, aceptando sin chistar recortes presupuestales o designios políticos que transgreden la soberanía de su estado. Los demás, los que no comulgan con el color del gobierno, son hostigados, aislados o castigados por el simple hecho de no rendir pleitesía. El resultado es el mismo: una federación sometida, una república mutilada.
El ciudadano, por su parte, presencia este espectáculo como quien mira desde lejos una disputa entre poderes. Pero no hay tal distancia: es el pueblo quien padece las consecuencias de esta sumisión. Cuando se quebranta la soberanía estatal, no es el gobernador quien sufre, sino el trabajador, el estudiante, el campesino, el comerciante. Ellos son quienes cargan con las políticas impuestas desde la capital, con la burocracia lejana y con la indiferencia que todo lo absorbe. El centralismo no se siente en los discursos, sino en la vida cotidiana: en la escuela sin recursos, en el campo abandonado, en la obra pública suspendida porque no se obedeció al partido correcto.
Frente a esta realidad, los partidos políticos locales son la última trinchera del federalismo. Su presencia, aunque modesta, representa la posibilidad de resistir al dominio del centro. Son ellos quienes encarnan la defensa de los intereses propios de cada estado, de su cultura, de su historia y de sus municipios. Los partidos locales son imperfectos, frágiles, a veces desorganizados, pero portan una virtud que pocos reconocen: la de hablar con el acento del pueblo al que pertenecen. No obedecen a la consigna del Comité Nacional, sino al mandato moral de su tierra.
El sistema político mexicano los ha tratado como una molestia. Los margina, los asfixia con reglas, los ahoga en burocracia y los expulsa de la arena pública con argumentos de “ineficiencia” o “falta de representatividad”. Pero en realidad, lo que molesta al poder central no es su pequeñez, sino su autonomía. El partido local no rinde cuentas al presidente ni al caudillo de turno; rinde cuentas a su comunidad. Y eso, en un país donde la verticalidad manda, es casi un acto de rebelión.
Las fuerzas nacionales los engullen, los compran o los desaparecen. En otros casos, los usan como ornamento para fingir pluralidad. Sin embargo, cada vez que uno de esos partidos logra mantenerse en pie, cada vez que gana un municipio, una curul o una voz, se enciende una pequeña luz en la república. Porque el federalismo no se defiende con discursos, sino con hechos. Y el hecho más claro de autonomía es la existencia de instituciones políticas propias.
El espíritu federal no nació en los palacios ni en las cámaras. Nació en los pueblos que se negaron a obedecer sin ser escuchados, en las comunidades que reclamaron su derecho a decidir, en los estados que alzaron la voz contra el abuso del centro. Bustamante lo escribió en sus tiempos: “La federación es el pacto de los libres que no quieren volver a ser vasallos.” Hoy esa frase resuena más que nunca. Ser federalista es resistir al despotismo de la uniformidad y sostener que la nación se compone de muchas patrias chicas, todas igualmente dignas.
Si el ciudadano desea restablecer el equilibrio, debe volver la mirada a su propio estado, a su municipio, a su comunidad. Ahí está la raíz de la república. No hay democracia verdadera donde la federación es mero nombre, ni libertad donde los estados actúan como delegaciones administrativas del poder central.
La tarea no es sencilla. Requiere conciencia, organización y, sobre todo, valor. Valor para decirle al poder que mi estado se respeta. Valor para votar por quien defienda la soberanía local, aunque no tenga detrás la maquinaria nacional. Valor para recordar que la patria empieza en casa: en el ejido, en la plaza, en la calle donde el ciudadano ejerce su voz sin permiso.
Defender el federalismo es defender la libertad. No se trata de dividir a la nación, sino de darle equilibrio; no de romper la unión, sino de fortalecerla desde sus cimientos. Porque solo hay verdadera República cuando cada estado, cada ciudadano, puede mirarse al espejo de su autonomía y reconocerse dueño de su destino.
Y que quede dicho, con espíritu y convicción: la patria no está en el centro, sino en cada rincón donde un mexicano se atreve a pronunciar con dignidad y sin miedo:
“Mi estado se respeta.”