Prohibir la letra no borra la realidad

¿Lo dije o lo pensé?

La “narcocultura” no tuvo su origen en los escenarios, sino en las calles: en historias de sobrevivencia y poder que el Estado no quiso (o no supo) encarar. Sin embargo, con el paso de los años, ese relato se profesionalizó, se musicalizó y se volvió espectáculo. Hoy, sus letras ya no cuentan tragedias, sino epopeyas; ya no describen, glorifican. Y cuando la apología se convierte en ritmo, la frontera entre la libertad artística y la incitación cultural se vuelve más difusa de lo que parece.

En Aguascalientes, las autoridades locales han decidido trazar una línea: prohibir expresamente que artistas interpreten canciones que fomenten la narcocultura o hagan apología del delito. La medida, inscrita en Ley Municipal para el Estado de Aguascalientes (artículo 36 fracción XVIII), ha vuelto al debate tras el reciente concierto de un cantante el pasado 10 de octubre en la Isla San Marcos, donde se le acusa de haber cantado un tema de ese tipo. La polémica es inmediata: ¿se trata de censura o de una legítima defensa de los valores públicos?

A favor de la restricción, hay quien sostiene que el arte, en tanto fenómeno social, no puede desvincularse de sus efectos. Que normalizar el lenguaje de la violencia o del dinero ilícito erosiona el tejido moral de las comunidades. No es lo mismo cantar sobre un héroe revolucionario que sobre un capo de la sierra con “buena puntería y corazón de oro”. Y es cierto: la música educa, aunque no quiera; moldea aspiraciones, aunque lo ignore.

Pero también es cierto que la moral no puede imponerse por decreto. Prohibir canciones puede ser un alivio simbólico, no una solución. La narcocultura no se expande porque se cante, sino porque se admira. Porque hay jóvenes que ven en esos relatos un camino más rápido y popular que el de la precariedad cotidiana. Cuando un país ofrece tan pocos modelos de éxito legítimo, el narco llena el vacío con relojes, respeto y corridos.

El fenómeno musical que se nutre de la narcocultura ocupa un punto intermedio en esta discusión. No siempre se reconoce como apologista del crimen, pero su narrativa bebe del mismo pozo simbólico: el hombre fuerte, desafiante, victorioso al margen de la ley, y la mujer integrada a ese mundo por vínculos con el crimen organizado. Esa figura interpela tanto al público como al Estado. No basta con regular lo que suena en el palenque; hay que preguntarse qué está resonando en las calles, en las escuelas, en la política y en la economía para que ese discurso encuentre terreno fértil.

El debate sobre la narcocultura no puede reducirse a un “prohibir o permitir”. Se trata, más bien, de preguntarnos qué estamos celebrando como país cuando aplaudimos el éxito sin importar su origen. La música puede ser espejo o antídoto; depende de nosotros si seguimos afinando los acordes del cinismo o si aprendemos, por fin, a componer una melodía distinta.

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