La vieja obsesión de seguir creando

Periplo canicular

Hay un tipo de cansancio que no se cura con descanso. El cansancio de quienes viven entre la pasión y la supervivencia. Ese que nace cuando lo que amas hacer se vuelve una carrera de resistencia en un país que castiga la vocación. Desde niño supe que quería escribir, pero crecer en México -y hacerlo bajo un Estado que mide el valor humano en productividad- te enseña rápido que la pasión, si no produce ganancias, se considera un lujo.

Escribir, pintar, componer, crear… son verbos que parecen tener permiso solo si se subordinan a la rentabilidad. La vocación se burocratiza, se vuelve un trámite, un formulario, un fondo concursable o hasta influencer del arte. Y el Estado, que debería ser garante de la cultura, se ha convertido en su verdugo, pues precariza a los creadores, asfixia los espacios, convierte la sensibilidad en un decorado institucional.

Y sin embargo, aquí seguimos. Sosteniendo la vela bajo la lluvia.
El oficio de crear, aunque parezca una obstinación inútil, es una forma de resistencia. Crear sin patrocinio, sin estabilidad, sin certezas, es desafiar al sistema que busca disciplinar hasta la imaginación. Escribir -cuando lo haces sabiendo que el país no te lo recompensa ni te lo perdona- es casi un acto político.

Reconozco el privilegio de poder dedicarme a ello. Sé que, mientras algunos escribimos, otros apenas pueden sobrevivir. Pero incluso ese reconocimiento se vuelve una carga, porque la culpa del privilegio no borra el hecho de que el sistema nos quiere uniformes, dóciles, silenciosos. Nos quiere producir, no pensar; obedecer, no imaginar.

La pasión creativa es una forma de locura. Una vieja obsesión que no se extingue ni con los golpes de realidad ni con los cálculos de la vida adulta. Escribir, aunque nadie lea. Pintar, aunque no se venda. Filmar, aunque no haya presupuesto. Crear, aunque el país insista en que hay cosas más urgentes.

Porque en el fondo, seguir creando es lo único que nos salva del tedio, de la desesperanza y de la sensación de que todo está perdido. El fuego se mantiene encendido no por reconocimiento, sino por necesidad. Por la obstinada certeza de que aún vale la pena imaginar un mundo distinto, aunque nadie más lo haga.

Crear en México es sobrevivir.
Y sobrevivir, a veces, ya es crear.

 

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