Juzgadores, becarios y barbies guindas

Desde el Lunar Azul

Buen día —y mejor martes— tengan ustedes, queridos lectores de este lunar, que solo pretende informar e ironizar con los actos (y a veces los sainetes) de nuestra entrañable clase política hidrocachonda. Esperamos que los aludidos lo tomen con humor y reflexión; como decía la inolvidable Lolita Ayala, esto es “información que cura”.

Sobre todo el ego.

Y si de paso ayuda a contener prácticas poco sanas para nuestra tierra, pues doble fortuna.

Porque mire usted, a veces con lo que nos enteramos dan ganas de ser más duros; pero tampoco se trata de lastimar —ni de provocar enconos personales—.
Todo lo que aquí se menciona es, como siempre, en tono irónico. No se tomen demasiado en serio, disfruten sus encargos, sus becas y sus asesorías. Duran poco. El prestigio o el desprestigio, en cambio, duran toda la vida. Y no sabe uno cuántas carreras prometedoras se han estrellado por la avaricia, ni cuántos cuadros consolidados se han desfondado en las burbujas que ellos mismos soplaron.

En fin, pasemos a lo que nos truje.

Los nuevos “juzgadores” de la patria chica

Ayer trascendió en uno de esos periódicos nacionales con nombre de avenida capitalina —sí, ese que se lee más por morbo que por rigor— una nota sobre las “fallas y banalidades” de los nuevos juzgadores, retoños del acordeón que nos trajo la atropellada reforma judicial, herencia del héroe macuspano, hoy todavía recluido en su palacio de invierno… allá en su rancho de nombre tan simbólico: La Chingada, en el municipio de Palenque.

Y pues nada, que ahí balconean a uno de nuestros flamantes héroes hidrocálidos del martillo y la toga: Mr. Alafita, quien hasta hace poco dirigía los destinos de unos fósiles de dinosaurios —en sentido literal, no político— en un museo local.

Se defendió, balbuceó réplica y mostró temple. Se le aprecia, faltaba más. Hay que reconocer la valentía de aceptar un cargo de tanta responsabilidad sin tener la preparación suficiente. Pero ya que la diosa Fortuna del acordeón lo elevó a semejante altura, ojalá aguante vara, se prepare y demuestre con hechos que merece la oportunidad.

Oportunidad que los abogados, litigantes y miembros del poder judicial saben bien lo que significa: un honor raro, que no debería ser rifa ni cuota.

Y no es el único caso. También circuló hace poco una nota sobre otro joven juzgador hidrocálido, Azul Bañuelos, a quien el abogado Gabriel Regino dedicó un artículo que rodó por buena parte del país.
No es que estemos en contra de la juventud —faltaba más—, pero hasta la gente que los quiere debería cuidarlos. En el deporte a los jóvenes talentos se les acompaña, se les foguea, se les protege. En la tauromaquia primero se lidian vaquillas, luego novillos, y hasta después se sueltan toros de verdad.
No respetar esos procesos deja, como hoy, resultados que se clavan como asta en la reputación.

Y mire usted, justo cuando Aguascalientes había hecho nota nacional con el nombramiento de la doctora María José Ocampo como presidenta del tribunal local… ¡zas!, aparecen estos dos jovencitos para coronar el aquelarre judicial que se armó en esta tierra buena.

Qué necesidad. El desprestigio, ya lo dijimos, rara vez se quita en lo público. Ojalá quienes los impulsaron —y quienes tienen la tarea de hacer cumplir el Estado de Derecho— lo recuerden.

Las Sheinbaum y las Jiménez: solas contra el mundo

Y hablando de mujeres que gobiernan solas: hay una curiosa similitud entre la doctora Sheinbaum y la doctora Jiménez. Ambas parecen librar sus batallas solas, rodeadas de un gabinete más ornamental que funcional.

Aquí la gobernadora, peleando por atraer inversiones, mientras los empresarios observan el espectáculo del poder judicial local convertido en caricatura. ¿Cómo arriesgar capitales si, ante un imprevisto legal, no hay certeza de ser protegidos por la ley?

Y allá, en el nivel federal, la presidenta recorriendo Veracruz, donde —tras ser increpada por un joven afectado por las inundaciones— perdió la paciencia. Nadie de su equipo tuvo el tino de hacer una avanzada, de hablar con la gente, de evitar la escena incómoda.

Claro, no se podía esperar mucho del gobierno jarocho, que hace años anda en el extravío. Pero para eso está el gabinete y la famosa ayudantía.
Quizá el cariño les gana a ambas y por eso siguen solapando incompetentes a su lado.

Morena local: tres marcas, un mismo desastre

Y cerramos con el cuadro más pintoresco del domingo: la trifulca cuatroteísta en Aguascalientes.

Ahí donde tres gavillas compiten por usufructuar la marca guinda, las diferencias ya son tan evidentes que ni el color alcanza para disimularlas.
Han avanzado con la conformación de comités seccionales —bien por ellos—, pero el detalle es que muchos de esos comités no responden a la fe amloísta, sino al que reparte las tortas.

En una sección de San Pancho de las Carnitas, un altercado entre facciones terminó con azote de barbies, gritos, y un legislador —perdón, diputade— que, cual dama ofendida, usó su preferencia sexual como escudo para denunciar “violencia de género” por insultos supuestamente homofóbicos.

Y aquí, en serio y en broma: ¿cómo se comprueba que alguien es miembro de la comunidad LGBTQ+?

Digo, ya que electoralmente basta con que el sujeto (o su partido) se perciba como tal para acceder a la acción afirmativa.

Pero bueno, volvamos al mantra del macuspano: “no mentir, no robar, no traicionar”.
Y uno se pregunta si este diputade honra siquiera uno de los tres. Porque lo de traicionar a sus compañeres, eso sí lo domina con maestría. Dirían en el rancho: verígenas no son sus causas.

El ejemplo fue el comunicado firmado por una parte del comité estatal de Morena en Aguascalientes respaldando al personaje, mientras —obviamente— el presidente formal del comité ni se asomó.

Y eso que el comité, aunque presume pluralidad, está conformado por cuotas: no sabemos si afirmativas, pero sí de grupo.

Ayer, en el informe de dos diputados guindas, solo asistieron los miembros de ese grupo político: los noristas.

De los aldistas y los arturistas, ni sus luces.

Ya lo dice el dicho: donde no hay cabeza, todo se vuelve rabo.
¿A ver si los panuchos aprenden en cabeza ajena?

Hasta aquí subió la roca.

OTRAS NOTAS