Bajo presión
No pasa una semana sin que los medios de comunicación revelen un acto de corrupción de miembros notables del gobierno de la Cuarta Transformación o militantes de Morena. No hay conferencia matutina en que la presidenta pueda establecer los temas de la agenda política que le interesan porque todas las veces se le pide una reacción a los escándalos de los suyos. No hay opositor al régimen actual que deje de aprovechar la oportunidad para destacar cómo el oficialismo no sólo es igual de ratero que los de antes, sino peor, y exige que se les castigue. Con la misma falta de imaginación que la oposición, el morenaje defiende a los suyos mostrando cartelitos con las cifras de aprobación que tiene Claudia Sheinbaum y asegurando que ellos son diferentes porque, ahora sí, este gobierno persigue la corrupción.
Todos estos negativos con que se juzgan y defienden las corruptelas, faltas a la austeridad y ostentación de nuevo rico de los lopezobradoristas —porque todos se presumen herederos del legado del gran tlatoani— no conducirán a ningún cambio: son dos bandos enfrentados a gritos, con definiciones distintas de lo que la justicia significa, distrayendo la atención de los hechos y enfocándose únicamente en la penalización de los actos, no en la rendición de cuentas que deben a la ciudadanía
Además de distraer la atención sobre la rendición de cuentas, a la clase política parece bastarle la exhibición; los opositores transitan por el carril de la acumulación y el oficialismo aprovecha esa carrera para fomentar el olvido de los casos, a los escándalos anteriores se suman nuevas carpetas, los expedientes que incluyen los vuelos del senador de Morena, Gerardo Fernández Noroña, en un avión privado para trasladarse por Coahuila, así como el del gobernador de Puebla, Alejandro Armenta, quien viajó a Nueva Jersey, también a bordo de un avión privado. Ambos aseguraron que no se utilizaron recursos públicos para pagar esos traslados.
Tanto el legislador como el mandatario estatal se han sacudido la obligación de transparentar esos viajes con distintos grados de cinismo, porque se saben impunes, ya que la oposición emplea sus faltas para torpedear al gobierno de Claudia Sheinbaum. Así cualquier falla de un cuatroteísta se le atribuye a la presidenta, ya sea por complicidad o porque no se les castiga de inmediato. No importa que la dirigente de Morena, Luisa María Alcalde, pidiera tímidamente que tanto el senador Fernández Noroña como el gobernador Armenta expliquen los vuelos privados, la oposición quiere sangre porque cree que así le conviene a sus respectivos partidos, desean transformar a la presidenta en el verdugo de quienes faltan a los valores que impuso Andrés Manuel López Obrador a su movimiento: no mentir, no robar, no traicionar; eso no va a ocurrir, la única beneficiada de las fisuras en el Movimiento de Regeneración Nacional es Claudia Sheinbaum y no será ella la encargada de sacar la cara por aquellos que se alejan de la mejor herencia del expresidente.
En este contexto, la corrupción ya no es un delito: es un argumento. Un recurso narrativo que cada bando utiliza para sostener su papel en la trama. Los unos, como justicieros morales que luchan contra los corruptos del pasado; los otros, como guardianes de la decencia que advierten el regreso del viejo régimen con rostro de regeneración nacional. Ninguno habla en serio de mecanismos de control, de transparencia o de fiscalización ciudadana. No les importa erradicar la corrupción, sino conservarla como munición política.
Lo que debería ser una política de Estado se ha vuelto un espectáculo de linchamientos selectivos, más un reality show que ejercicio de justicia: se exhiben culpables, se filtran videos, se promete castigo… y después nada. La indignación dura lo que dura un trending topic. Para la siguiente semana, otro caso, otro funcionario, otro hijo incómodo, otra Barredora, un mejor notario en la historia de Tabasco, una nueva facturera…
El discurso de la honestidad se vacía en la búsqueda del poder, la verdadera honestidad no se mide en declaraciones patrimoniales ni en el lema de “no mentir, no robar, no traicionar”, sino en construir instituciones que limiten la discrecionalidad y exijan cuentas sin importar el color del partido, no en la intención de sumar votos.
Lo paradójico es que, en esta tragicomedia de la pureza, la figura presidencial sale fortalecida. Mientras la oposición se empeña en convertir cada desliz en un Waterloo moral para Morena, la presidenta Sheinbaum consolida su imagen de árbitro distante, capaz de mantenerse por encima del fango. La corrupción de los suyos no la debilita: la legitima. Confirma, en su narrativa, que el gobierno reconoce los errores, aunque nunca los sanciona. La confesión pública sustituye a la rendición de cuentas. La presidenta ha aprendido a flotar sobre el lodo: no limpia el agua, sólo evita mancharse.
No hay lucha contra la corrupción, sólo rituales de purificación simbólica. Cada caso expuesto, cada disculpa mal ensayada, cada deslinde a medias, sirve para renovar el mito de la regeneración. Los pecadores se confiesan, los fieles los absuelven, y la misa continúa. Ninguno de los bandos busca desmontar el altar donde la corrupción se oficia; ambos lo necesitan para seguir rezando su credo político.
La oposición está atrapada en el espejo retrovisor, se limita a reproducir la estrategia que antes la destruyó: confiar en que el desgaste moral del adversario bastará para ganar una elección. Pero no hay castigo electoral para la corrupción, porque el electorado ya aprendió a convivir con ella, como quien aprende a respirar entre los escombros.
Mientras tanto, los medios amplifican el ruido con la ilusión de estar haciendo justicia. Pero la exposición constante no esclarece nada: satura, anestesia. Convertida en espectáculo cotidiano, la corrupción pierde filo moral, cada vez indigna menos, aburre más rápido. En ese hartazgo se sostiene el sistema: un ciudadano cansado es un ciudadano distraído. Aplaude o abuchea, según su bando. Nadie pregunta por los sistemas anticorrupción, por las auditorías inconclusas, por los mecanismos de transparencia que se van desmantelando poco a poco. La corrupción, que se suponía era el enemigo común, se ha convertido en el pegamento que mantiene viva la polarización.
El verdadero triunfo del sistema no está en esconder la corrupción, sino en normalizarla. Que cada quien tenga su corrupto de confianza, su escándalo preferido, su culpable designado. Así, el país seguirá caminando en círculos: entre los corruptos de antes y los de ahora, cuando el problema no es sólo en quién roba, sino en por qué lo seguimos permitiendo.
Es la administración del hartazgo. La Cuarta Transformación, como los gobiernos que la precedieron, ha entendido que la corrupción no se elimina, se gestiona; no se castiga, se dosifica. Cada escándalo tiene su ciclo: denuncia, desmentido, deslinde, olvido. Luego el siguiente. La regeneración nacional se parece cada vez más a la restauración de siempre.
Coda. Mientras el poder dosifique la corrupción y la ciudadanía dosifique su indignación, no habrá regeneración posible. Sólo el mismo aire viciado de siempre, respirado con nuevas consignas, y la oposición en la misma lucha inútil por el poder que sólo mira por el retrovisor.
@aldan