Vivimos en una época donde el acceso a la información es más fácil que nunca, pero también en una era donde la ignorancia, lejos de desaparecer, se multiplica, se defiende… incluso se disfruta. No se trata simplemente de no saber, sino de no querer saber. De elegir, consciente o inconscientemente, permanecer en la sombra para evitar el malestar que conlleva enfrentar lo real. Hay una pasión por ignorar, una fuerza psíquica y social que sostiene la ceguera con obstinación.
Freud ya nos hablaba de los mecanismos de defensa y del papel del inconsciente en la negación de aquello que resulta perturbador. Lacan iría más allá, al señalar que muchas veces el sujeto goza en su ignorancia, porque saber, el saber verdadero puede derrumbar el sentido imaginario con el que se sostiene su existencia. Saber puede doler, y ante eso, ignorar se convierte en una forma de goce. No saber se transforma en protección psíquica, en una barrera frente a la angustia, frente al desmoronamiento simbólico. Así, el sujeto se aferra a lo que cree saber, aunque sea falso, y se resiste al saber que lo confronta.
Desde el enfoque social, Renata Salecl aporta una mirada lúcida sobre la ignorancia como elección. En su obra destaca cómo en nuestras sociedades neoliberales se ha instaurado la ilusión de libertad individual: el sujeto puede “elegir” no ver, no escuchar, no comprometerse. La ignorancia no es ausencia de información, sino una estrategia para evitar la responsabilidad ética frente al otro.
En lugar de cuestionar las estructuras de poder, el sujeto se repliega en el confort de lo conocido, en una burbuja que le impide actuar. La ignorancia, entonces, se convierte en una forma de anestesia colectiva.
La filósofa feminista Nancy Tuana profundiza aún más al construir una taxonomía de la ignorancia. No toda ignorancia es igual. Hay ignorancia construida activamente sostenida, por quienes tienen el poder de decidir qué se enseña, qué se investiga, y qué se olvida. Está la ignorancia como opresión, que afecta especialmente a los cuerpos feminizados, racializados, empobrecidos. También existe la ignorancia como privilegio. “quien puede ignorar ciertas realidades es porque no las sufre”. Finalmente, Tuana propone pensar en la ignorancia como resistencia: una forma de protegerse cuando el saber se vuelve peligroso o violento para la subjetividad.
Nombrar estas formas de ignorancia es urgente. En tiempos donde se niega el cambio climático, las desapariciones forzadas, los feminicidios, se trivializan las violencias estructurales, y se promueven discursos simplistas y polarizados, es vital recuperar la dimensión ética del saber. Ignorar es, en muchos casos, una decisión. Una decisión que tiene consecuencias para uno mismo y para la comunidad.
La pasión por la ignorancia es, en el fondo, una lucha contra la verdad. Pero la verdad como decía Lacan tiene estructura de ficción, y, aun así, nos confronta, nos hiere, nos transforma.
Quien se atreve a saber asume el riesgo del vacío, pero también la posibilidad del cambio. Saber incomoda, pero libera. Por eso, frente a la pasión por ignorar, necesitamos cultivar una pasión por saber, una curiosidad ética que abra grietas en los muros de la indiferencia.
Saber no siempre trae consuelo, pero sí dignidad. Porque en el fondo, como psicoterapeuta, como investigador, y como ser humano, creo que no vinimos al mundo a vivir cómodos, sino despiertos. Y despertar implica atreverse a mirar… incluso aquello que preferiríamos ignorar.