¿Por qué seguimos ignorando al verdadero motor económico de México?
En México, hablar de transformación industrial sin hablar de MIPYMEs no solo es un error: es una omisión histórica. Significa ignorar al 99.8% de las unidades económicas del país y al verdadero músculo que sostiene nuestra economía. Y, sin embargo, seguimos construyendo discursos desde la élite, dejando fuera a quienes trabajan todos los días desde el taller, la bodega o la línea de producción.
Las MIPYMEs no necesitan discursos: necesitan condiciones. No piden dádivas, exigen herramientas. Y en este momento histórico —en el que México emerge como un nodo estratégico de manufactura global— si no colocamos a las MIPYMEs en el centro, no hay estrategia que funcione.
¿Queremos un país competitivo? Entonces miremos donde realmente se produce valor: en las manos que trabajan, en las ideas que se adaptan, en los negocios que sobreviven a pesar del olvido institucional. Porque no hay futuro industrial posible si seguimos tratando a las MIPYMEs como actores secundarios.
De invisibles a indispensables: el nuevo papel de las MIPYMEs
La decisión de Nissan de cerrar su planta en Argentina y apostar por México podría leerse como un triunfo, pero es también una alerta. Nuestro país aparece como opción por costo, ubicación geográfica y red de tratados, pero si no fortalecemos nuestras cadenas locales de valor, solo seremos territorio de ensamble, no de desarrollo.
¿Y cuántas de nuestras MIPYMEs están hoy preparadas para subirse a esa nueva ola de relocalización, electrificación y competencia global?
Hoy, las cadenas globales demandan resiliencia, agilidad, proximidad y excelencia, cualidades que las MIPYMEs mexicanas pueden ofrecer de manera natural gracias a su flexibilidad, conocimiento del entorno y capacidad de adaptación. Sin embargo, para que puedan escalar y posicionarse como actores estratégicos dentro de estas cadenas, requieren de un entorno que impulse su profesionalización, que les brinde acceso efectivo a financiamiento y tecnología, que incentive la innovación más allá del volumen, que las vincule de forma estructurada con la academia y la gran industria, y que fomente una cultura de mejora continua orientada a la alta calidad, la eficiencia operativa y la competitividad internacional.
La competitividad ya no se mide solo en precios, sino en alta calidad, cumplimiento normativo, sostenibilidad y capacidad de adaptación. Y ahí es donde debemos colocar el foco: en que nuestras MIPYMEs no solo compitan, sino que destaquen.
No basta con que lleguen inversiones. La pregunta clave es: ¿estamos preparando a nuestras MIPYMEs para que participen activamente en esta nueva economía global?
Hablar de soberanía industrial sin incluir a las MIPYMEs es construir sobre arena. No hay autonomía sin capacidad instalada local.
El riesgo de depender del vecino poderoso
Un dato basta para entender el desequilibrio: mientras Tesla fabrica el 100% de sus autos vendidos en EE.UU. dentro de ese país, marcas como Nissan (con plantas en Aguascalientes), Volkswagen, Honda, Toyota y Kia dependen de México para abastecer al mercado estadounidense.
Esa es una de las razones por las cuales Donald Trump propuso recientemente aranceles del 25% a los vehículos ensamblados fuera de EE.UU. Lo más preocupante es que no lo hace apelando a las reglas del T-MEC, sino bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), que le permite imponer medidas comerciales en nombre de la “seguridad nacional”. En este caso, vinculando el comercio con el combate al fentanilo y la migración irregular.
Así, la industria automotriz mexicana —y por extensión nuestras MIPYMEs proveedoras— quedan atrapadas en un tablero geopolítico que cambia con cada elección. ¿Seguiremos expuestos al vaivén de decisiones externas sin una estrategia de autonomía industrial?
Hoy, la competitividad de muchas de nuestras industrias depende más de decisiones políticas ajenas que de nuestra propia capacidad productiva. Eso, más que una estrategia, es una vulnerabilidad estructural que debemos resolver con urgencia.
La lección es clara: diversificar mercados, reducir dependencia y construir soberanía productiva. Y eso no se logra sin fortalecer el ecosistema local de empresas pequeñas y medianas con visión de largo plazo, estándares de alta calidad, mejora continua e innovación sistemática.
Las decisiones que hoy no tomemos, mañana nos costarán el doble
Ninguna empresa, por grande que sea, está a salvo del estancamiento. El caso Nissan —líder que se rezagó por dejar de innovar, por centralizar el poder y perder agilidad— nos recuerda que el tamaño no garantiza futuro.
México y sus MIPYMEs enfrentan hoy la misma disyuntiva: adaptarse o rezagarse. Reinventarse o extinguirse.
La política industrial del país debe partir de lo local, de las capacidades que ya existen y solo requieren condiciones para florecer. Apostar por las MIPYMEs no es un gesto de inclusión, es una estrategia de competitividad real. Porque ahí, en el taller, en la pyme, no solo hay trabajo: hay inteligencia productiva, hay innovación aplicada, hay calidad que compite. Es ahí donde se están gestando las verdaderas revoluciones del siglo XXI. Cada proceso mejorado, cada nueva certificación, cada esfuerzo por alcanzar estándares globales, es una semilla de transformación industrial profunda. No son actores de reparto: son protagonistas del desarrollo económico de México.
Y si esa transformación está guiada por una visión de mejora continua, altos estándares de calidad y formación técnica especializada, el potencial de nuestras MIPYMEs será no solo nacional, sino global.
Reflexión final: que nadie diga que no lo vimos venir
La revolución silenciosa de las MIPYMEs ya está ocurriendo. Está en la mujer que automatizó su taller textil. En el proveedor que certificó sus procesos para exportar. En el joven que digitalizó su carpintería y ahora vende más fuera que dentro del país.
Lo que necesitamos es que esa revolución deje de ser silenciosa. Que se escuche, se fortalezca y se expanda con respaldo real, desde el gobierno, desde las cámaras, desde la sociedad. Pero sobre todo, desde una nueva conciencia empresarial que entienda que la competitividad no nacerá de la improvisación, sino de la preparación.
Porque de nada sirve que México esté en el mapa global si sus MIPYMEs siguen siendo invisibles en su propia tierra. Y porque si no defendemos, fortalecemos y proyectamos a nuestras MIPYMEs hoy, mañana no tendremos derecho a sorprendernos por las consecuencias. No será por falta de señales, sino por falta de voluntad para actuar a tiempo. Las decisiones que no tomemos hoy, alguien más las tomará por nosotros.
Hoy no basta con señalar el problema. Es tiempo de organizarnos, colaborar y elevar la voz de las MIPYMEs hasta convertirla en política de Estado.